Revista Digital Perspectiva Diagonal http://www.perspectivadiagonal.org Una revista de análisis social y político Tue, 26 Nov 2013 19:09:28 +0000 es-ES hourly 1 http://wordpress.org/?v=3.6.1 Los horizontes del movimiento libertario http://www.perspectivadiagonal.org/los-horizontes-del-movimiento-libertario/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=los-horizontes-del-movimiento-libertario http://www.perspectivadiagonal.org/los-horizontes-del-movimiento-libertario/#comments Tue, 26 Nov 2013 19:09:28 +0000 Pablo Abufom http://www.perspectivadiagonal.org/?p=668 Sin título

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Para nadie es novedad que este 2013 ha sido un año crucial para poner a prueba la consistencia política de la izquierda revolucionaria en general y del comunismo libertario en particular. El marcado ascenso de la movilización de distintos sectores sociales desde el 2011, que nos permitió ver más allá de la bruma que habían impuesto los 20 años de normalización democrática del neoliberalismo, nos produjo una gran sorpresa, que se transformó desde ese momento, y de forma aún más intensa durante este año, en la pregunta por sus proyecciones más allá de la movilización misma, hacia una nueva etapa en la lucha de clases, que se caracterice ya no solamente por la expresión del descontento, sino además por la conquista de avances efectivos para la clase trabajadora.

 Esta búsqueda de respuestas se agudizó fuertemente en un año de elecciones, que tiende a conducir la atención del pueblo y de la izquierda hacia el escenario electoral. Si sumamos a esto el viraje hacia la derecha del Partido Comunista, tradicional enclave del reformismo en Chile, y que por lo tanto deja un espacio que será ocupado por los oportunistas de siempre, no es raro que nos encontremos con una izquierda desorientada, débil en lo estratégico y todavía incapaz de transformar el discurso de unidad (presente en todas y cada una de las proclamas de las organizaciones de izquierda) en una práctica efectiva de unidad, es decir, en una construcción programática desde las experiencias organizativas y de lucha realmente existentes (eso que llamamos “unidad desde la lucha”). Hasta ahora, la unidad política de la izquierda se ha manifestado como “unidad por arriba”, expresada concretamente en la búsqueda de cada núcleo político por capitalizar los espacios de convergencia intersectorial y electoral para el crecimiento del propio sector, sin que eso resulte en un mayor fortalecimiento de las organizaciones populares, verdaderos sujetos de la lucha revolucionaria.

 De más está decir que esta mezquindad programática responde menos a la voluntad individual o grupal de una organización, y más a la debilidad estructural de la izquierda y el movimiento popular en su lento proceso de rearme. Lo único que permitirá superar este estado es continuar las tareas de construir un pueblo fuerte en sus organizaciones en lucha, de agitar y trabajar por un movimiento de trabajadores que articule no solo a los sectores estratégicos de la economía, sino también a las grandes capas precarizadas y los trabajadores del sector público, y de fomentar la coordinación de estas luchas desde las luchas mismas, es decir, enfatizando el protagonismo político del mismo pueblo organizado en la tarea de madurar su posición y mejorar su capacidad de combate. La unidad de un pueblo desarticulado por el terror neoliberal (1973-1990) y la democracia neoliberal (1990-2013) se producirá desde abajo, como reconstrucción del tejido social organizado. Creer que es posible reconstruir ese tejido desde los núcleos operativos e intelectuales de la política de izquierda (por más devotos que se digan de la causa de los trabajadores y del pueblo) no solamente es poner la carreta delante de los bueyes, es además despreciar la capacidad política de la propia clase trabajadora para su emancipación.

 En este contexto, nosotros también nos hemos hecho preguntas, también hemos aventurado respuestas, también hemos experimentado las dificultades de ser todavía pocos y débiles y estar enfrentados a una tarea gigantesca y múltiple. Después de una larga retirada desde sus últimas expresiones en el anarco-sindicalismo de los 50s y 60s, podemos decir que el desarrollo de un nuevo anarquismo[1] en Chile comienza en noviembre de 1999 con la fundación del Congreso de Unificación Anarco Comunista (CUAC).[2] Desde entonces, se ha venido desarrollando un complejo de diversas organizaciones que responden al desafío que se planteó en ese momento: la revalorización del proyecto histórico del anarquismo, (también conocido como anarco-comunismo o comunismo libertario) como un proyecto de masas, capaz de contribuir al rearme de la izquierda revolucionaria en su falta de orientación luego de la estrepitosa caída de los socialismos reales, y por lo tanto de la hegemonía casi total del marxismo leninismo institucionalizado, y el avance campante del capitalismo en Chile y el mundo. A 14 años de la reaparición de un anarquismo de masas, podemos decir con orgullo que existe un movimiento libertario en Chile, conformado por expresiones que cubren el territorio geográfico y el territorio social, organizando la lucha en lo sindical, lo territorial y lo estudiantil. Junto a estas encontramos las diversas expresiones que han creado una subjetividad y una cultura libertaria, desde periódicos y medios de comunicación digital a unidades muralistas, pasando incluso por una librería y centro social. Hoy podemos celebrar, además, el exitoso primer año de una organización feminista libertaria que, pese a las esperables reacciones desconfiadas de los machos de siempre, crece a paso firme y nos deja clara la necesidad de un feminismo revolucionario y de clase, no solo para combatir al patriarcado en la calle, sino también para hacerle frente en nuestras organizaciones.

 Un momento de inflexión en el movimiento libertario

 Precisamente por ese desarrollo intenso, lleno de tropiezos y lecciones en el camino, el movimiento libertario se encuentra en un momento de inflexión. Esta situación responde al menos a dos circunstancias que claramente trascienden la voluntad de sus organizaciones y sus militantes. Por un lado, el crecimiento sustancial y permanente de las organizaciones libertarias, la creación de nuevas organizaciones y el (todavía insuficiente) impacto que nuestras perspectivas han tenido en los espacios sociales donde éstas se insertan, han significado principalmente un aumento cuantitativo de nuestro sector y de quienes simpatizan con nuestro proyecto. Este aumento requiere que volvamos a pensar las formas en las que respondemos organizadamente a las diferencias ideológicas y de formación que emergen, naturalmente, al interior de un movimiento que se halla en uno de los momentos más interesantes de su desarrollo.

 Por otro lado, hoy, en un año en que la izquierda ha estado sumida en una serie de profundas discusiones que evidencian la falta de un debate estratégico y programático amplio (con miras a la unidad efectiva, y no solamente a la capitalización en las convergencias electorales), algunos consensos que han acompañado al movimiento libertario en más de diez años de desarrollo, han quedado puestos en cuestión. Uno de ellos es el de la construcción misma de movimiento libertario, y en particular del modo en que se construye y la forma que adquiere la relación dinámica entre sus organizaciones. Como con tantas cosas, esta discusión tiene su vocabulario equivalente en la tradición marxista. Para los que se desesperan cuando no hablamos en esos mismos términos, estoy hablando del debate sobre la construcción y el diseño de partido, en un sentido amplio, íntimamente vinculado, pero distinguible del problema del aparato o el instrumento político.

 El debate en torno a la forma de enfrentar la lucha por las reformas democráticas y redistributivas que fortalecerían el avance de los trabajadores en Chile, y que exige por lo tanto una fuerza social y política capaz de impulsar y facilitar dichas conquistas por parte del pueblo movilizado, ha significado el enfrentamiento de posiciones todavía precarias, pero que nos permiten ver el nacimiento de tendencias divergentes al interior del movimiento libertario. El surgimiento de la Red Libertaria, el quiebre de la Organización Comunista Libertaria y los intensos debates en las organizaciones libertarias y a través de nuestros medios de comunicación dan cuenta de la necesidad urgente de llevar la discusión sobre los objetivos y la forma del movimiento libertario al espacio público, de tal forma que una verdadera discusión colectiva preceda a las planificaciones e implementaciones, de tal forma que la construcción de un movimiento libertario sea una tarea compartida por todos y cada uno de los y las militantes de sus organizaciones y espacios. Ese es el valor de la horizontalidad como principio práctico, y la originalidad del movimiento libertario en sus diversas expresiones históricas.

 Este es un momento favorable para nuestro proyecto, porque todo desarrollo implica diferenciación, y sólo puede ser percibido como un problema si es que creemos que los proyectos políticos son bloques homogéneos y sin contradicciones. La crítica abierta y el debate político, incluyendo la confrontación de posiciones contrarias, no son debilidades, sino fortalezas para un movimiento que pretende responder a las necesidades de la clase trabajadora y esforzarse por llevar a cabo las tareas revolucionarias.

 Esto nos obliga a detenernos para hacer un diagnóstico mínimo del movimiento, reconociendo los aciertos que ha tenido el desde la fundación del CUAC hasta hoy, y señalando también algunos de sus errores y debilidades. Teniendo en cuenta este desarrollo es que podremos hacernos la pregunta por los horizontes que se abren hoy para el movimiento libertario.

 Los aciertos: lucha y organización

 En primer lugar, el posicionamiento en el campo de las luchas populares a través de una política clara de inserción social le permitió al anarquismo superar las prácticas marginales de la contracultura (más interesada en crear una forma de vida alternativa que en incidir en la realidad social concreta), logrando un avance cuantitativo y cualitativo mediante la masificación de prácticas propias de lo mejor de la tradición libertaria del anarquismo: las dinámicas de horizontalidad para nuestras organizaciones y las organizaciones sociales donde nos hemos desenvuelto, la acción directa como táctica permanente de lucha y conquista de transformaciones en lo inmediato, la democracia directa como principio práctico para el fortalecimiento de la iniciativa popular, y una ética militante basada en la prefiguración de una sociedad libertaria en el día a día y en todos los ámbitos de la vida. Todo esto le permitió al anarquismo chileno recuperar el proyecto histórico comunista libertario que había emergido en el movimiento obrero a mediados del siglo XIX y se había desplomado hacia mediados del siglo XX.

 Por otra parte, es fundamental reconocer la capacidad de las organizaciones políticas comunistas libertarias de establecer una coherencia interna del proyecto y un diseño programático adecuado al momento mediante los análisis de coyuntura, un énfasis ineludible en la realidad concreta de la lucha de clases y la integración de las luchas reivindicativas a través de la generación de redes a nivel nacional capaces de impulsar las luchas populares hacia un proyecto de transformación social revolucionaria. El rescate de la tradición organizativa del anarco-comunismo, que nace con el mismo Bakunin y su Alianza por la Democracia Socialista (formada en 1868), y se instala definitivamente entre nosotros con las lecturas de la Plataforma Organizacional de los Comunistas Libertarios (redactada por N. Makhno, P. Archinov y otros exiliados rusos en 1926) y el Manifiesto Comunista Libertario (redactado por G. Fontenis en 1953), significó un avance crucial para el incipiente movimiento libertario en Chile. Los debates y la construcción de línea política al interior de dichas organizaciones han permitido un desarrollo del proyecto comunista libertario atento a las oscilaciones de la lucha de clases, y por ello mismo, capaz de (o al menos dispuesta a) responder a sus desafíos en distintos momentos.

 Finalmente, estos avances en las capacidades sociales y políticas del movimiento condujeron a una visibilización del proyecto libertario, y con ello conquistamos un lugar en el imaginario popular mediante la emergencia de una matriz cultural y una subjetividad propia, que se afianza día a día en nuestra prensa, nuestro muralismo y nuestros centros sociales. Este elemento de desarrollo subjetivo es una de las claves de nuestra contribución al desarrollo de un movimiento popular clasista y libertario, y debe ser valorado y trabajado si nos proponemos que la conciencia de clase proletaria no sea una conciencia reducida a lo económico o a lo político, sino que se comprenda integralmente la necesidad de transformar todos los ámbitos de la vida para poder realmente construir una sociedad de libertad e igualdad.

 Las debilidades: pragmatismo y verticalización

 No es posible un diagnóstico y una auto-crítica realista sin el reconocimiento de los aciertos de nuestro movimiento. Pero debemos ser aún más honestos y agudos cuando se trata de sus errores y debilidades.

 Debemos reconocer actualmente una tensión en la matriz ideológica libertaria, originalmente arraigada en la tradición anarquista, y que hoy se diversifica naturalmente debido a sus propias limitaciones y las exigencias de la realidad, que no tienen el mismo tranco que la teoría. Una de las aristas de esta tensión se expresa en un énfasis pragmático en lo cuantitativo y en la identificación de la eficacia como la principal vara para medir los avances. Así, se configura una práctica política en donde consignas que podrían cargar un gran potencial para sintetizar el sentido de una estrategia política (“vocación de poder”, “acumulación de fuerzas”) son vaciados de contenido y son entendidas en su acepción más restringida (ocupar cargos formales de representatividad, tener más militantes). Esto a su vez conduce a la debilidad de la formación política y teórica de los militantes de las organizaciones libertarias, puesto que la teoría se entiende como la matriz ideológica más útil para los avances de corto plazo y la política como el diseño de planes de acción a ser implementados. Para un movimiento libertario esta reducción de la teoría y la política a sus expresiones más contingentes tiene como resultado la adopción de perspectivas estratégicas que responden de un modo más inmediato a la necesidad de resultados en el corto plazo.

 La tendencia al pragmatismo no es algo que pueda imponerse voluntariamente. Hago hincapié en esto para que quede claro que no se trata aquí de criticar burdamente a personas o grupos, sino de analizar críticamente una situación más o menos estructural del funcionamiento del movimiento libertario. Por eso, creo que una de las causas de esta tendencia al pragmatismo se vincula a la forma de entender y experimentar la relación entre las organizaciones del movimiento libertario y del campo popular.

 En un texto publicado en el 2005, José Antonio Gutiérrez desarrolló de manera clarísima un planteamiento para entender los ámbitos de la organización, junto con una caracterización de los sujetos populares.[3] El modelo planteado allí, que ordena las organizaciones sociales a partir de los ámbitos social, político-social[4] y político, permite de manera muy eficiente distinguir formas de abordar los distintos niveles de la construcción de un programa revolucionario y las tareas específicas para cada ámbito. A pesar de que pueda distinguirse entre estos ámbitos de manera relativamente clara, lo cierto es que todos ellos forman parte de una misma realidad, y entre ellos se establece una relación dinámica (desde lo social a lo político y vice versa). Este es un modelo que ha sido tremendamente útil, que le ha servido al movimiento libertario para orientar su trabajo y aplicar todas sus fuerzas de manera eficiente.

 Utilizando este esquema, lo que más arriba hemos llamado movimiento libertario se compone de agrupamientos que podríamos ubicar en el ámbito de las organizaciones político-revolucionarias (las que hemos conocido son OCL, EL, FCL, etc.) y político-sociales (el FEL, la CTL, etc.).[5] Creo que la forma en que esta clasificación se ha ido implementando tiene sus limitaciones estructurales. En particular, la traducción de este análisis de la realidad de las organizaciones populares en una tipología organizacional, que las entiende como cosas de distinto tipo, cada una con rasgos definidos de antemano, y cuyas relaciones son concebidas en un orden vertical, ha conllevado la compartimentación del proceso de debate y definiciones políticas al interior del movimiento libertario, y con ello una división social del trabajo político. Se ha entendido que la organización política tiene en sus manos la tarea de entregar las orientaciones políticas generales, una tesis para el periodo, y cumplir el rol de dirección del movimiento libertario, mientras que la organización-político social tiene que definir su plataforma de trabajo, una línea de implementación y un marco reivindicativo que responda al espacio social en que se trabaja y permita intervenir adecuadamente en él. Hasta aquí no hay problema alguno. Sería absurdo plantear que la división de tareas por sí misma fuese un problema. El problema surge cuando la diferenciación de tareas se entiende como una jerarquización de tareas.

 En contra de las precauciones que el mismo Gutiérrez plantea en el texto, la relación entre las así llamadas OPR y OPS ha tendido a ser comprendida como una relación jerárquica. Aunque no exista una subordinación efectiva, y se mantenga una autonomía formal, el rol preponderante de los militantes de la “organización específica” ha significado una comprensión limitada de la capacidad política de las organizaciones político-sociales o frentes intermedios, por un lado, y una sobrevaloración del rol de dirección de los grupos de intelectuales y operadores políticos. Sin que se diga explícitamente, se opera bajo el consenso silencioso del rol dirigencial de la OPR, con la carga objetiva y subjetiva que eso conlleva.

 Creo que una falta de reflexión sobre la verdadera fuente de la dirección del movimiento libertario está a la base de esta jerarquización de la relación entre sus organizaciones. Entendida como la actividad de dirigir, y no como el sentido que un proyecto político toma a partir del conjunto de sus expresiones concretas, la dirección del movimiento libertario ha ido quedando en manos de la función específica cumplida por la OPR, en desmedro de la capacidad política de los y las militantes de organizaciones político-sociales u otras iniciativas libertarias. Por ello, se ha entendido el movimiento libertario como una estructura piramidal cuya parte superior coincide con el rol dirigencial de la OPR, y desde donde irradian (o en algunos casos son inducidas) las orientaciones políticas y estratégicas fundamentales. Este modelo hace aparecer a las organizaciones político-sociales como subordinadas con respecto a la organización política, puesto que su capacidad de tener a la vista la proyección política, más allá del ámbito social al que se restringe la organización político-social, en cierto sentido la autoriza como portadora del proyecto político mismo. Esta confusión del proyecto con la estructura política es un profundo error que corre el riesgo de introducir completamente la división social del trabajo en las tareas políticas al distinguir entre los intelectuales que piensan la política y los obreros que la implementan.

 Por otra parte, más allá de las razones que se manejen para una estructura de ese tipo, el carácter cuasi-secreto de las organizaciones políticas que hemos conocido hasta ahora no se lleva muy bien con el impulso democrático propio de un movimiento comunista libertario. El principal riesgo de una lógica de compartimentación de la información al interior de la organización, y de existencia cuasi-secreta ante la militancia político-social, es la concentración de información y, por lo tanto, la concentración de poder en grupos o individuos. Mientras algunos manejan toda la información, la mayoría maneja solo un poco o lo suficiente para efectos operativos. Debemos reconocer que este carácter clandestino o semi-clandestino es fundamental e ineludible para los aparatos político-militares, pero no queda claro qué sentido tiene para las tareas de análisis de coyuntura, diseño estratégico, creación y utilización de redes e infraestructura, debate teórico, etc. Aunque la organización misma no se lo proponga, los efectos negativos que el cuasi-secreto tiene en el movimiento libertario es la concentración de saber/poder, y la confusión y la suspicacia entre los no-militantes sobre quiénes son y dónde están repartidos sus militantes. En un momento en el que los desafíos para la izquierda revolucionaria exigen una unidad transversal en el movimiento, estas prácticas corroen la posibilidad misma de una coherencia general de las acciones tácticas y estratégicas, en la medida en que generan desconfianza entre la militancia política y la militancia político-social (en ambas direcciones), y desincentivan la iniciativa política autónoma que venga desde fuera de la organización política.

 Aún reconociendo la necesidad de una organización específicamente política cuyos niveles de unidad táctica e ideológica sean superiores a los del resto de las organizaciones del movimiento, y aún reconociendo el valor que tienen los “revolucionarios profesionales”, esta profesionalización de la política tiene que entenderse como el proceso colectivo de asentar el análisis en la realidad concreta, fortalecer operativamente los trabajos mediante una disciplina y un compromiso subjetivo que resulten de la participación efectiva en el diseño de las tácticas y estrategias, en el ámbito restringido de la organización política, pero también en el ámbito amplio y complejo de las relaciones entre las organizaciones de distinto tipo que conforman eso que hemos llamado movimiento libertario. Esta forma profesional, seria, eficiente, de hacer política no puede entenderse como el confinamiento de la política en los grupos de síntesis y coordinación, vanguardias ejecutivas que utilizan los demás órganos del cuerpo libertario como palancas de la mecánica revolucionaria, pero no porque de ese modo no se responda a los principios eternos de la doctrina anarquista, sino porque no se responde a las necesidades más concretas de las organizaciones revolucionarias y libertarias, en particular a la necesidad de una construcción democrática de movimiento (la mejor garantía de un compromiso y una disciplina militante real, y no una que sea sacada a la fuerza por las formalidades) y la coherencia real entre las iniciativas sociales y políticas de sus organizaciones insertas en el campo popular (que es distinta de la unidad homogénea que encontramos entre los distintos “órganos” de un “partido”). Enmarcadas en un trabajo de coordinación permanente, las relaciones dinámicas y horizontales al interior del movimiento libertario pueden ser más sensibles a las diversas coyunturas de la lucha de clases que los modelos centralistas que entregaron resultados en el corto plazo, pero demostraron ser fracasos estrepitosos más allá de las situaciones que los pusieron en la cresta de la ola histórica.

 Algunos horizontes para el movimiento libertario

 Los errores del pasado no se refutan teóricamente, sino en la práctica. Por eso mismo esta es una invitación a debatir la construcción de un movimiento libertario democrático y revolucionario, desde nuestras organizaciones, recogiendo las experiencias de lucha de los trabajadores y el pueblo. Son las lecciones aprendidas en la lucha, hoy, ayer y antes de ayer, las que iluminan de mejor forma el camino futuro. Estas lecciones son las que llevaron al movimiento anarquista desde sus orígenes a plantear la independencia de clase, la democracia directa, la acción directa de masas, la horizontalidad, el federalismo, la autogestión y el internacionalismo proletario como principios prácticos (y no formas ideales) para organizar la lucha anticapitalista y antiestatal. Por ello, y adelantándome a la acusación de “principismo”, que tan libremente ha circulado en el último tiempo para referirse a toda crítica del pragmatismo, el énfasis en la horizontalidad y la democracia directa, que son los ejes con los que he planteado el problema del desarrollo del movimiento libertario en los últimos catorce años, no puede ser considerado como una apelación vacía a principios ahistóricos, sino como un rescate con una finalidad precisa de las conclusiones que el mismo desarrollo de la lucha de clases nos ha entregado. Se trata de responder a la necesidad que tiene el movimiento libertario hoy de actualizar la matriz a partir de la cual se entiende el trabajo de sus organizaciones y la relación dinámica entre ellas.

 En este momento de inflexión para el movimiento libertario, en el que se hacen visibles y nos pasan la cuenta sus debilidades, y que por ello mismo es un gran desafío, es necesario proyectar las tareas, vinculadas a la construcción de movimiento libertario, para el tiempo que seguirá a esta coyuntura. Quiero concluir con algunas reflexiones sobre esto, que son el resultado de intensas conversaciones con militantes de diversas organizaciones del movimiento a lo largo de este año, y cuya intención es invitar a todos y todas, pero en particular a los compañeros y compañeras que no militan en organizaciones específicas, a dar este debate, compartir y confrontar posiciones, y trabajar por un movimiento libertario que pueda estar a la altura de los desafíos del momento.

 En primer lugar, creo que es fundamental insistir en la politización de las organizaciones político-sociales, es decir, fomentar que el debate político y programático surja del trabajo de sus militantes, y responda directamente a las necesidades de las luchas en los espacios sociales. Esto incluye los debates teóricos y la revisión de la matriz ideológica. El contenido del debate, para que sea un debate fructífero, tiene que ser la experiencia misma de las luchas y las lecturas de las organizaciones. La independencia y capacidad política de las organizaciones libertarias depende de que la construcción y definición de líneas sea un proceso llevado a cabo en su interior, entre sus militantes, abierto a las contribuciones y trabajos de otras organizaciones, pero con metodologías diseñadas para asegurar una rigurosa democracia interna, el debate fraterno y la autonomía.

 Junto con esto, para que efectivamente la dirección esté dada por el sentido que colectivamente toma el movimiento libertario, es necesario impulsar una coordinación horizontal entre las organizaciones libertarias, fomentando espacios de trabajo y discusión interna compartida así como nuevos y mejores espacios públicos de formación política permanente. La sectorización de las organizaciones político-sociales en sus ámbitos de trabajo, y la reducción de otro tipo de organizaciones como medios de comunicación o centros sociales a funciones meramente de propaganda o infraestructura, no nos permite sistematizar la experiencia adquirida en cada espacio. Las organizaciones políticas tienen que contribuir a este proceso de sistematización, pero no pueden ser el único hilo conductor de la visión de conjunto que necesitamos para que el trabajo en todos los frentes se unifique. Las redes de las organizaciones políticas tienen que estar al servicio del movimiento libertario. No pueden ser las redes en las que se queden atrapadas las organizaciones político-sociales.

 Es fundamental y urgente identificar el modo en que las dinámicas propias de una sociedad de clases se introducen en nuestras organizaciones, incluyendo la división social de las tareas militantes entre intelectuales (pensadores, ideólogos, operadores políticos, y eventuales burócratas) y obreros (implementadores de políticas, trabajadores manuales, soldados más que militantes) cuya mayor virtud resulta ser el valor pasivo de la disciplina. El resentimiento no tiene ningún lugar entre compañeros, pero debemos estar atentos a los momentos en los que hay una correlación entre el capital cultural y social del que se dispone, y la distribución de los cargos y tareas en nuestras organizaciones.

 Otro de los elementos que debemos tomar en serio e integrar es la identificación y confrontación, de una vez por todas, de la violencia patriarcal en nuestras organizaciones y al interior de la izquierda. Este no es un detalle políticamente correcto, en la medida en que en un movimiento todavía pequeño como el nuestro la intensidad de las relaciones interpersonales es tremendamente relevante a la hora de convivir y trabajar juntos/as. Las agresiones sexuales, el humor sexista y la preponderancia masculina y heteronormativa, entre otras prácticas patriarcales, deben ser tematizados y enfrentados concretamente con una orientación feminista clara. El surgimiento de La Alzada es crucial en la visibilización de estas problemáticas en el movimiento, y debe ser el impulso para que todos y todas asumamos dicha tarea.

 Una de los elementos claves para sostener este tipo de propuestas es el fortalecimiento de un espacio público libertario. Esto implica favorecer un debate público, crítico, responsable, sin miedo a mostrar las diferencias internas del movimiento ante las demás organizaciones de la izquierda revolucionaria. La necesidad de la unidad en la acción, de la disciplina colectiva y la responsabilidad militante no tiene ningún sentido sin la libertad de crítica y de discusión, una de las mejores armas contra el sectarismo y el dogmatismo.[6] Y a su vez, esta libertad no es real sin la formación de militantes con pensamiento crítico, capaces de defender sus posiciones en todos los espacios no solamente porque aprendieron adecuadamente la línea de su organización, sino porque la construyen, la comprenden e interiorizan. No puede haber verdadera responsabilidad militante sin participación real en los debates. Es necesario fortalecer los medios que ya existen, lanzarse a escribir y publicar opiniones, y generar nuevos espacios de formación permanente.

 Finalmente, esta forma de concebir el movimiento libertario y las relaciones horizontales y dinámicas entre sus organizaciones, requiere un trabajo de unidad con el resto de la izquierda revolucionaria, para no caer en el ombliguismo o el principismo. Aunque este artículo ha estado concentrado en una revisión crítica del estado actual del movimiento libertario con la intención de plantear algunas tareas en un momento de inflexión, no tiene sentido una construcción exclusivamente hacia adentro. Lo que guía estas reflexiones no es el absurdo de preparar primero las condiciones y actuar luego. Es evidente que no se puede aprender o avanzar sin las experiencias de trabajo y debate con los demás sectores de la izquierda revolucionaria, ni se puede poner a prueba lo adecuado de nuestras políticas sin lanzarse con audacia a la lucha de clases, pero nadie creería que es una buena idea salir a jugar sin haber conformado un buen equipo. Este tipo de debates son parte de ese entrenamiento necesario.


[1] Hoy más que nunca, con la exposición pública que implica que una anarquista sea presidenta de la FECh, es necesario establecer el vínculo claro entre eso que hoy se llama “lo libertario”, y que hemos llamado también “comunismo libertario”, con la tradición histórica del anarquismo, su crítica del estado y el capitalismo con una perspectiva de clase trabajadora, su estrategia revolucionaria de transformación social y su programa de reconstrucción comunista y libertaria de una sociedad post-capitalista.

[2] Para una excelente revisión histórica y un análisis del significado político de dicha organización, véase Felipe Ramírez, Arriba los que luchan: un relato del comunismo libertario en Chile. 1997-2011, Memoria para optar al título de Periodista, Universidad de Chile, Santiago, 2013, en particular el capítulo “El surgimiento del CUAC”, pp. 39-83.

[3] Me refiero a “En torno a los problemas planteados por la lucha de clases concreta y la organización popular. Reflexiones desde una perspectiva Anarco-Comunista”, publicado en línea en http://www.anarkismo.net/article/7329

[4] Felipe Correa se ha referido a este ámbito de la organización como el espacio de las “agrupaciones de tendencia”. Véase “Las agrupaciones de tendencia”, publicado en línea en http://www.anarkismo.net/article/15522

[5] Del movimiento forman parte además otras expresiones que no caben en esta clasificación, y ese es uno de sus principales problemas. Aparte de los medios de comunicación como el periódico Solidaridad, la revista Política y Sociedad, y los sitios web La Batalla de los Trabajadores y Perspectiva Diagonal, o grupos de propaganda como la UMLEM, ¿dónde clasificar a organizaciones feministas como La Alzada, Acción Feminista Libertaria, ecologistas como Germina, Ecología Libertaria o el proyecto al mismo tiempo social, cultural y político de Librería Proyección? Tratar de forzar estas experiencias en el marco de una clasificación o inventar nombres ad hoc para completar el cuadro no contribuye a comprender que el movimiento libertario es una realidad viva y compleja, que puede ser iluminada, pero nunca reducida, por las clasificaciones.

[6] Esta libertad de crítica y discusión tiene que expresarse no solamente en debates por escrito, sino también en la valoración política del surgimiento de distintas corrientes de opinión al interior del movimiento. Ante un paradigma estrecho de formas orgánicas y de construcción de unidad y disciplina, este fenómeno es percibido como fraccionalismo, una percepción que se acentúa en un movimiento todavía pequeño. Pero pronto nos encontraremos con un movimiento que crece en lo cuantitativo,  donde el derecho a existir de las distintas tendencias tiene que ser reconocido como fundamental para crecer en lo político y lo estratégico mediante la confrontación de posiciones. La denuncia del disenso con motes ideologizados es un freno a este crecimiento.

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Reflexiones libertarias en torno al período en Chile http://www.perspectivadiagonal.org/reflexiones-libertarias-en-torno-al-periodo-en-chile/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=reflexiones-libertarias-en-torno-al-periodo-en-chile http://www.perspectivadiagonal.org/reflexiones-libertarias-en-torno-al-periodo-en-chile/#comments Thu, 14 Nov 2013 17:41:18 +0000 Tomás Torres y Eduardo Cárcamo http://www.perspectivadiagonal.org/?p=659 encrucijada

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encrucijada

“Porque sabemos que el hombre es un ser social, queremos que desarrolle su capacidad y la ponga al servicio de la sociedad, porque queremos que todas las decisiones que incumban a la sociedad se asuman y resuelvan en forma social, porque queremos que la riqueza no sea individual o de unos pocos sino social, de todos, por eso nos llamamos Socialistas. Porque confiamos más en el acuerdo que en la imposición, en el conocimiento que en la coerción, en la libertad que en la autoridad. Por eso somos libertarios. Pero ya hemos ido aprendiendo que a veces las denominaciones son engañosas. Por eso no nos dedicamos a pegarle etiquetas a la lucha de los oprimidos. Puede haber gente que llamándose en forma parecida no sepa bien lo que quiere, y hay también quienes con otro nombre, o a veces hasta sin saber darle nombre, buscan lo mismo. A todos los que sin mezquindades, a su manera y en su medida luchan por estos ideales, los llamamos compañeros.”

Gerardo Gatti, Definiciones de un compañero

 De un tiempo a esta parte se ha venido desarrollando un debate, entre comunistas libertarios en particular y militantes de la izquierda revolucionaria en general, en torno a la estrategia para el actual período de la lucha de clases, cuestión que no ha estado exento de críticas políticas profundas como también de visceralidades. Más allá de este último elemento vemos que la discusión es un aporte al enriquecimiento militante y programático de nuestra corriente, siempre y cuando, se dé en forma transparente y con la camaradería necesaria, aceptando los errores y las críticas.

Desde el año 2005-2006 hasta la fecha, nuestro país se ha caracterizado por un ascenso en las luchas de ciertas franjas del mundo popular. Es así como los secundarios y los trabajadores sub-contratados nos mostraron un camino a seguir, abriendo una nueva etapa en la lucha de clases, donde los activos estratégicos de la economía primario- exportadora comenzaban a levantarse tras largos años de letargo.

En este proceso comenzaba a abrirse una nueva etapa en la lucha de los trabajadores y otros sectores subalternos, esto trajo consigo que los elementos reivindicativos de las protestas comenzaran a atacar mayoritariamente al aparataje político-ideológico del Estado burgués. Los secundarios por otra parte fueron emblemáticos, pues dieron clases al pueblo completo de entereza, lucha y arrojo por mejores condiciones en la educación. De esta forma continuaron alzamientos en diferentes franjas activas del movimiento popular logrando mejoras parciales de la situación en algunos casos, en tanto que en otros no lograron conseguir grandes cambios, sin embargo, hubo un denominador común, a saber, el choque con la institucionalidad cerrada heredada desde la dictadura militar.

El modelo democrático-burgués chileno se ha caracterizado por ser extremadamente autoritario, donde la participación de las masas es nula en las decisiones que se toman desde el Estado burgués. Sin embargo, luego de las luchas abiertas en el período enunciado, la calle se recupero como instrumento y espacio político del movimiento popular. No obstante, la movilización del año 2011 que fue la que más personas llevaba a la calle y con toda la presión ejercida por los estudiantes se encontró con un techo, el cual no pudieron sortear. Nuevamente se hacía efectiva la herencia dictatorial: un modelo democrático firme, con cerrojos institucionales y enclaves autoritarios que no permiten el avance y ni siquiera el rearme efectivo del movimiento popular.

A la par de esta pequeña caracterización e identificación de enclaves autoritarios que nos dejó la dictadura, es sabido que la contradicción principal del capitalismo continua siendo la misma, capital-trabajo, sin embargo, esta va desarrollando otras contradicciones que no permiten el enfrentamiento abierto entre clases sociales. Actualmente el capitalismo en Chile está blindado por un modelo de democracia que no permite avanzar en las reformas más sentidas del movimiento popular, este problema es bastante grave, puesto que los avances de las luchas populares por mejoras se traban en la institucionalidad sin poder tener solución. Debemos ser capaces de reconocer este contratiempo y como sector comenzar a tener una estrategia que permita dos cosas: La primera, terminar con la herencia dictatorial que frena el avance en conciencia y organización (como capacidad de disputa) que han dado ciertos sectores de las franjas más activas del pueblo y la clase; la segunda, acumular fuerzas para un nuevo período de la lucha de clases donde el movimiento popular esté mejor parado y comience a caminar a paso firme.

Entonces, consideramos que no podemos plantearnos el avance efectivo del movimiento popular si no comenzamos a hacernos cargo de la situación concreta que estamos viviendo, es decir, de la institucionalidad totalmente cerrada que no hace más que frenar a los sectores más activos del pueblo, y que entre otras cosas permite favorablemente la explotación del capital por sobre el trabajo (el código laboral); que no permite la organización estudiantil con los otros estamentos que componen el sistema educativo; (DFL2); que tiene a comunidades enteras sufriendo la explotación de los suelos y los problemas ambientales que esto trae (ley de agua entre otras, minería y recursos naturales en general); entre tantas otras. Estos son algunos elementos que configuran la institucionalidad actual, que efectivamente frenan la re-composición y re-organización del movimiento popular y que ponen un techo a la fuerza acumulada por las franjas activas del pueblo, puesto que si bien el movimiento estudiantil, los portuarios, los trabajadores del cobre, etc. Lograron instalar ciertos temas en la agenda del bloque en el poder estos no han podido superar las barreras heredadas desde la dictadura dejando en poco y nada las más sentidas demandas de las grandes mayorías de Chile.

 Reformas

 En esta sociedad, las instituciones representativas, democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante. Ello se manifiesta de manera tangible en el hecho de que apenas la democracia tiende a negar su carácter de clase y transformase en instrumento de los verdaderos intereses de la población, la burguesía y sus representantes estatales sacrifican las formas democráticas.

Rosa Luxemburgo, Reforma o Revolución

Ante el panorama descrito anteriormente es que debemos comenzar a poner todas nuestras fuerzas para la superación del actual período de la lucha de clases que deje en condiciones favorables el re-arme orgánico del movimiento popular, con organizaciones propias. Dejando la posibilidad de avanzar en reivindicaciones que apunten más allá de lo gremial-corporativo, en otras palabras, que nos dejen en un mejor pie para poder proyectar un movimiento popular en ruptura con el imperialismo y el capitalismo.

En este punto es donde la discusión en torno a la forma de conseguir estas reformas se polariza. Creemos firmemente que la superación de este período pasa necesariamente por la acumulación de fuerzas para el movimiento popular, hasta acá no hay discrepancias mayores dentro de las organizaciones de izquierda de intención revolucionaria. Sin embargo, como hemos expuesto anteriormente, nos encontramos ante un panorama donde el movimiento popular choca con la institucionalidad, por lo que debemos hacernos cargo de esta, en términos políticos. Es decir, avanzar en reformas democráticas que sean conseguidas mediante el avance de la lucha popular, a la par que se genera una ruptura con la institucionalidad burguesa. Debemos mencionar que los aventurismos electorales no son necesariamente un aporte a la superación del período, pero pueden serlo bajo condiciones específicas de crecimiento cuantitativo y cualitativo en las organizaciones de la clase trabajadora, sin embargo estas condiciones se encuentran alejadas de los parámetros de un análisis concreto de la situación concreta en la actualidad chilena. No hay una taza medianamente alta de sindicalización, los trabajadores no tenemos una organización sindical unitaria que sea una herramienta de clase como tal, los niveles de participación a nivel nacional son muy bajos y recién hoy en día están subiendo (sobre todo en las capas más jóvenes sin mayores experiencias), etc.

Lo anterior lo decimos con responsabilidad, puesto que sabemos que hay expresiones del movimiento popular y de la izquierda que ven en las elecciones un elemento táctico necesario. Consideramos que en ciertos contextos específicos esto puede llegar a contribuir a la consecución de aspectos que permitan dejar en mejor pie a la clase trabajadora y al pueblo, pero que no necesariamente se traduce en un avance efectivo de las masas. Para que lo anterior tenga eco en un proceso de ruptura con el capitalismo el trabajo de inserción de la izquierda de intención revolucionaria realizado por los militantes es y será fundamental.

Pensamos además, que el poder popular comprendido como dualidad de poderes, no se expresa necesariamente en contra de lo electoral, sin embargo, el desarrollo histórico de la conciencia de clases es antagónico a la institucionalidad burguesa, en otras palabras, hay momentos en el cual el movimiento popular se expresa mediante las votaciones referenciando a un candidato que recopila mejor las reivindicaciones levantadas por el pueblo, y que no necesariamente frena el avance en conciencia y el poder de la clase. Ahora bien, actualmente las condiciones no nos permiten avanzar en la construcción de aparatos que tengan vocación de poder y que sean capaces de disputarle la conducción de la sociedad a la burguesía, razón por la cual nuestra tarea pasa, necesariamente, por fortalecer y cualificar las organizaciones de los trabajadores, consideramos que los comunistas libertarios debemos caminar en este sentido.

Desde otra perspectiva coincidimos con otros documentos sobre la necesidad de levantar un referente de izquierda que sea capaz de catalizar las luchas populares en un escenario mayor de movilización, que sea el vehículo que logre dotar a las masas de una expresión que recoja las reivindicaciones populares y las estructure programáticamente apuntando a la estrategia trazada por el referente. En este punto hemos sido espectadores de un sinfín de críticas respecto a TALM, sin embargo, la mayoría de estas no superan una fase ideológica y los argumentos políticos no están más que en alguno que otro texto, es por eso que instamos a superar todo tipo de sectarismo, principismo y demás prejuicios para tener un debate que tenga como centralidad el fondo y no la forma, entendiendo que la segunda siempre está supeditada a la primera. Por lo cual la discusión indefectiblemente debe partir desde el fondo.

Volviendo al punto inicial del apartado, consideramos que las reformas deben ser entendidas como fuerzas que debe ir acumulado las franjas más activas del pueblo conseguidas mediante la lucha, puesto que, son estas las que educan en lucha y organización al movimiento popular, además permiten otorgarle mayores grados de conciencia y comienza a poner de relieve una lucha de más largo aliento, para alcanzar, de esta forma, los objetivos estratégicos planteados para este período, superándolo, así la experiencia ganada servirá para que la clase trabajadora sea capaz de pararse en condiciones más favorables en la lucha contra el Estado y el capital.

Entonces, las reformas a las que aludimos deben apuntar a terminar con los cerrojos institucionales. Es decir, acabar con las trabas que no permiten un desarrollo mayor del movimiento popular, puesto que el choque entre este y la institucionalidad no ha permitido el desarrollo programático y político del mismo. Por ejemplo un salto cualitativo que pudo haber dado el movimiento estudiantil para conseguir sus objetivos políticos era un bloque multisectorial con la clase trabajadora y el campo popular en general. Sin embargo, las organizaciones de estos frentes no tienen un grado de “maduración” como el sector estudiantil, cuestión que obedece a las condiciones de amarre generada por los cerrojos institucionales que norman la organización de los trabajadores a favor del capital.

Finalmente lo que nos guiará para superar la contradicción del período es la apuesta programática que como izquierda seamos capaces de realizar. En otras palabras, el posicionamiento por la consecución de reformas democráticas en el actual período pasa necesariamente por referenciarlas en vastos sectores de la población, donde no tenemos la capacidad de incidir. Esta creemos es la tarea actual, centrar la discusión y la acción política como sector revolucionario en cómo desarrollar las condiciones para el objetivo trazado.

 Ruptura democrática

 En las páginas anteriores se delineó a modo general las características del periodo y a su vez se intentó identificar la contradicción a superar, Democracia Vs Capitalismo, contradicción que como ya mencionamos proviene de la contradicción principal, Capital v/s Trabajo. El tema que nos queda por tocar es la estrategia para superar esta etapa de la lucha de clases.

La ruptura democrática ha sido una estrategia controversial que más de una discusión ha dejado para nuestro sector. Sin embargo, debemos comenzar a delimitar lo mejor posible sus características para intentar re-abrir el debate en torno a esta. Puesto que para bien o para mal todos los compañeros hemos hablado sobre esta sin llevar a delante una sistematización de las discusiones lo que ha dejado múltiples formas de comprenderla.

Comprendemos que la contradicción principal del capitalismo está dada por la producción social en contra de la apropiación privada o en otras palabras, el capital Vs el Trabajo. Esta utiliza un componente político-ideológico que la ha protegido celosamente, a saber, el poder político detentado en pocas manos, que entre otras cosas generó la contradicción de lo social y lo político, hablamos del Estado Capitalista.

Esta disociación es un problema que ha tenido muchas consecuencias negativas. Una de ellas es comprender que la forma en la cual se ha construido la política es alejada de las masas, constituyéndose un acto en el cual las decisiones no pasan por el conjunto del pueblo, sino por clases y fracciones dominantes. Que en el caso chileno se ejemplifica por la construcción de un aparataje jurídico-ideológico que frena el avance y la constitución del movimiento popular como agente importante en la política nacional. Lo anterior cobra eco si es que pensamos en que la institucionalidad ha sido hecha a la medida lo más favorable posible para la burguesía. En consecuencia, gran parte de la estrategia que tracemos para este período debe ir en contra de los planteamientos de disociación entre lo político y lo social, comprendiendo que el Estado no es una mera estructura que se pueda tomar y hacerse de ella, sino que y principalmente, es una relación social que establece y configura las relaciones de clase existentes. Por lo cual es de gran necesidad comenzar a arrebatar el poder político que nos ha sido robado como clase.

Desde lo anterior podemos decir que la ruptura democrática la comprendemos como un proceso en el cual franjas del movimiento popular luchan por abrir espacios en la institucionalidad burguesa, no para utilizarlos, sino para arrebatarle poder político al Estado. Desde esta perspectiva esta estrategia debe estar cohesionada con lo que hemos enunciado anteriormente, es decir, reformas que nos plantean un nuevo escenario para la clase trabajadora.

El proceso de Ruptura Democrática debe enmarcarse en una lucha, esta lucha debe estar caracterizada por el avance del campo popular en su conjunto, mediadas por conquistas que ayuden a desarrollar conciencia de clase en los sectores más retrasados, es decir, mediante la acción directa de masas que es la única capaz de arrebatar la capacidad de decisión a la burguesía.

La estrategia enunciada, para nosotros, no es sólo un proceso en el cual se da un reacomodo en las correlaciones de fuerza en el bloque en el poder, es decir, un cambio en aspectos poco importantes de la dominación y explotación, sino que, por sobre todo, una estrategia que permite comenzar a levantar los techos que ha tocado la lucha en estos últimos años, es decir, plantearnos nuevas formas de organización, o mejor dicho, cualificar las existentes en perspectiva de poder, en otras palabras, levantar coherentemente unas tentativas hacia el autogobierno popular, puesto que los límites de la legalidad burguesa quedarán al descubierto en la medida en que las organizaciones de clase se enfrasquen en un desarrollo superior que llevará a la dualización de los poderes porque el fortalecimiento de la clase y su lucha, como hemos mencionado en páginas anteriores, será lo que educará políticamente al conjunto del pueblo.

Es así como comprendemos la Ruptura democrática, en un sentido de recuperación de espacios y capacidad política de las masas arrebatada a la burguesía. Bajo el contexto actual la única manera que vemos posible de levantar esta estrategia para el período es la acción directa de masas. Por lo cual, como mencionamos en páginas anteriores la tarea pasa por cualificar, fortalecer las organizaciones de los trabajadores y de los sectores populares en general. Sólo bajo esas premisas se puede realizar a cabalidad la estrategia, ya que este método, la acción directa de masas, nos preparará para tener un mejor escenario como clase, por la fuerza acumulada en la lucha, para el nuevo período que debemos abrir.

Para finalizar queremos decir dos cosas, es necesario que como Izquierda de Intención Revolucionaria comencemos a dejar la marginalidad, sentándonos a debatir y conversar para levantar programa de cara a la clase, dejando de lado sectarismo y la dispersión que nos ha caracterizado durante años. Si bien sabemos que existen muchos dime y dirites, es necesario hoy más que nunca que aterricemos nuestras propuestas y logremos llegar a más lugares, en el mejor de los casos de forma masiva, puesto que si no revertimos esta situación el reformismo nos ganará un terreno que quizá en el futuro será muy difícil de recuperar. En segundo lugar queremos dejar abierta la discusión para los compañeros y compañeras que quieran aportar al debate, e instamos a las regiones que de una vez se abra la discusión a nivel público para el sector libertario en general, dejando el sectarismo y cahuines de lado y centrándonos en la discusión política para la maduración de los comunistas libertarios.

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Una apuesta revolucionaria de la Izquierda Libertaria http://www.perspectivadiagonal.org/una-apuesta-revolucionaria-de-la-izquierda-libertaria/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=una-apuesta-revolucionaria-de-la-izquierda-libertaria http://www.perspectivadiagonal.org/una-apuesta-revolucionaria-de-la-izquierda-libertaria/#comments Mon, 04 Nov 2013 04:42:58 +0000 Felipe Ramirez http://www.perspectivadiagonal.org/?p=645 cadenas-rotas

Este año 2013 se ha caracterizado por estar marcado por […]]]>
cadenas-rotas

Este año 2013 se ha caracterizado por estar marcado por amplias discusiones no sólo entre los sectores comunistas libertarios, sino que en el conjunto de las fuerzas políticas populares y de izquierda. La coyuntura electoral de este año, sumado a la necesidad de leer las lecciones y consecuencias de las movilizaciones que se han desarrollado entre el 2006 y el 2012, así como proyectar políticamente las franjas populares que han protagonizado estas luchas, en un contexto en el que se avizora un cambio de gobierno a favor de la “Nueva Mayoría”, han tensionado y producido todo un reordenamiento entre las organizaciones del sector.

 En ese escenario un sector de los libertarios -que me atrevería a decir que es mayoritario- ha realizado una serie de reflexiones que han ido dando forma a la apuesta política denominada “Ruptura Democrática” en diversos artículos y documentos públicos[1] así como en procesos de discusión internos. A pesar de esto aún existen algunas confusiones respecto a las implicancias de esta apuesta, que buscaremos en cierta medida aclarar con este artículo.

 Esta apuesta política busca generar una respuesta al actual momento político, marcado por el proceso de reconstrucción del movimiento popular a partir del ciclo de luchas abierto el 2006 con las manifestaciones de estudiantes secundarios y subcontratistas. Este período se caracteriza por contar con organizaciones populares de masas que se encuentran viviendo sus primeras experiencias de lucha y debate político, por lo que su fuerza aún es relativa y en numerosos casos se han enfrentado a un muro insalvable para realizar las transformaciones que demandan. En contraposición a esa situación, el bloque en el poder se rearticula de forma acelerada intentando generar un nuevo acuerdo social que asegure la gobernabilidad, tarea para la cual intentan asegurar el respaldo activo del Partido Comunista a esa maniobra al integrarlo a la Nueva Mayoría. Esto, más allá del objetivo que esa organización de izquierda tenga de impulsar desde el interior de un eventual gobierno, las transformaciones necesarias para superar el modelo neoliberal.

 Además, surge ante la necesidad clara de resquebrajar el muro autoritario que es la Constitución de 1980 y su carácter reaccionario y de dique a las demandas populares, lo que se constató de manera clara a partir de las mismas luchas populares de los últimos 6 años. El que el movimiento estudiantil no lograra obtener avances en sus demandas a pesar de las potentes movilizaciones del 2011 no fue solamente un problema de dirección o de radicalismo de los grupos políticos. Estuvo marcado principalmente por la debilidad política de las bases del movimiento -que se negaron a forzar una negociación con el gobierno en posición de fuerza luego del 4 de agosto por prejuicios respecto a esa posibilidad- y de las organizaciones de masas del movimiento popular, que en general aún no superan la lucha sectorial y la reivindicación económica, a pesar de que existen signos alentadores en algunos sectores particulares. Pero también estuvo marcado por una institucionalidad diseñada para blindar el actual modelo económico, político y social, articulada a partir de la Constitución y de herramientas jurídicas como la Ley de Seguridad Interior del Estado, la Ley Penal Juvenil y la Ley Antiterrorista, así como disposiciones que restringen de manera manifiesta la posibilidad de que organizaciones como las juntas vecinales tengan voz e influencia en los consejos municipales, cambiar el actual Código Laboral etc.

 En este sentido, que el paro del 24 y 25 de agosto de ese año demostrara que la CUT era incapaz de realizar un amago de huelga general fue la constatación práctica de todo el camino que nos falta recorrer para poder transformar estas luchas -y las lecciones que vamos sacando- en un avance real que permita tener un escenario diferente, así como la necesidad manifiesta de impulsar transformaciones políticas que permitan generar condiciones más proclives a las luchas populares, así como colocar al bloque en el poder en una posición de repliegue.

 En ese contexto lo que se busca es desarrollar 3 elementos que a nuestros ojos resultan centrales para el desarrollo de nuestro proyecto político como una alternativa real -y no virtual o limitado a la mera consigna- de cara a los pueblos de Chile, y que son ejes centrales de la estrategia de Ruptura Democràtica para el actual período. Estos son la Acción Directa de Masas, el fortalecimiento de las organizaciones de masas -orgánica y políticamente- que permitan avanzar en la multisectorialidad, y la incorporación de lo institucional, que comprende el componente electoral.

 Estos elementos se encuentran cruzados por la necesidad de desarrollar espacios de unidad programática entre las organizaciones de la izquierda revolucionaria, que nos permitan en un primer momento acumular parte de la fuerza política y social desarrollada en estos años, servir de dique de contención ante el desarrollo de la Nueva Mayoría y ante un futuro gobierno en donde el eje DC-PS se ve más fuerte que la capacidad de maniobra del PC, y visibilizar una alternativa política que plantee un programa coherente que surja desde las demandas y problemáticas del campo popular. En este sentido, la actual plataforma  de “Todos a la Moneda” nos parece un antecedente importante en el desarrollo de estos espacios. Es decir, un primer germen y experiencia práctica de un futuro Frente de Izquierda.

 La disgregación orgánica de la izquierda, y la desorientación que aún existe en sus principales referentes -que de todas maneras siguen siendo pequeños, con un mínimo número de militantes, una inserción social limitada y una experiencia de lucha que se remite a los conflictos sociales de la última década- hace urgente el avanzar en espacios de convergencia. La utilidad de tales experiencias está en que nos permiten contraponer tesis, experimentar en la elaboración programática conjunta que alimente la superación de la lucha reivindicativa sectorial o económica, y explorar la posibilidad de trabajos conjuntos a nivel social al vernos forzados a superar el sectarismo.

 En este sentido, el objetivo de la Ruptura Democrática es generar condiciones para superar tanto la institucionalidad autoritaria que bloquea las demandas populares, realizando transformaciones que permitan avanzar hacia una democracia de masas[2], como aportar al proceso de rearticulación del campo popular y de la izquierda en su conjunto. De esta forma, no es una propuesta a corto plazo sino que de manera clara apunta a ser una orientación para los próximos años, ni tampoco decanta necesariamente avanzar hacia un “gobierno popular” como el configurado en países como Venezuela o Bolivia[3], sino que su centro está sobre todo en el fortalecimiento orgánico y político del movimiento popular.

 Llegados a este punto, es necesario aclarar algunas cosas.

 En esta propuesta de Ruptura Democrática, de los 3 elementos mencionados es la Acción Directa de Masas la que constituye la columna vertebral como palanca de transformación de la realidad, en el entendido de que es sólo la actuación colectiva la que puede abrir el camino a la construcción de una perspectiva socialista. Su aplicación práctica ya es clara con la presencia militante de nuestro sector en innumerables organizaciones sociales de base y de masas, en las que han protagonizado, junto a compañeros de otras orgánicas de izquierda, diversos procesos de movilización. Sin embargo, este elemento por sí sólo es incapaz hoy de dar el “ancho” para el desafío que tenemos enfrente por las limitantes que mencionábamos antes, por lo que es necesario combinarlo con el fortalecimiento de las organizaciones de masas -política y orgánicamente hablando-, apelando a la amplitud del abanico táctico, con el componente electoral a nivel táctico.

 El fortalecimiento de las organizaciones de masas tiene que ver fundamentalmente con la politización de las organizaciones y con la capacidad que tengan nuestros militantes de ir superando el carácter sectorial de las discusiones, posicionamientos y movilizaciones de estos organismos hacia espacios de unidad programático y de acción de nuestra clase; en otras palabras, de avanzar en la multisectorialidad. Al mismo tiempo, es necesario expandirlas hacia los vastos sectores de nuestro pueblo que hoy en día se encuentran desorganizados. Pero es el tercer elemento mencionado el que más polémica ha generado, de forma indudable, y aquí es necesario ser claros.

 La apuesta de participación de un sector del comunismo libertario en el interior de “Todos a la Moneda” nunca ha pretendido ni ganar la presidencia ni reunir en torno a Marcel Claude al conjunto de la izquierda. Como decíamos, el objetivo tiene que ver con apoyar una estrategia de ruptura democrática tal como la delineaba un poco más arriba y no se juega en la disputa por el control o el carácter del Estado, o en la cantidad de votos que saque el referente de TALM (lo que es sólo un indicador entre varios), sino que en la visibilidad de una alternativa programática que logre proyectar lo generado en las movilizaciones del último tiempo, instalando esas demandas y posiciones a nivel nacional y el ir sentando las bases para la generación de un Movimiento Político Social Amplio que reúna a los sectores sociales y políticos más avanzados de la clase trabajadora. Es por eso mismo que tampoco se juega el futuro de la Ruptura Democrática en esta apuesta táctica, sino que es sólo una de las múltiples formas de ir materializándola.

 De esta forma, esta apuesta política táctica no es electoralista como algunos han insinuado, sino que se hace presente en una coyuntura electoral, en la medida en que como decíamos antes, su efectividad no se juega en la cantidad de votos conseguidos ni en la elección de un candidato presidencial o parlamentario.

 A partir de todos los criterios mencionados, es posible establecer que el componente electoral -a diferencia de lo institucional[4]- no es ni central ni tampoco puede cumplir el rol de palanca para avanzar en los procesos de transformación política que busca el campo popular en recomposición. Esta palanca central, como ya decíamos, es la Acción Directa de Masas, sustentada en la multisectorialidad, en el fortalecimiento de las estructuras de base y de masas y en un proceso de politización, unidad de la izquierda y desarrollo programático.

 Para nosotros la propuesta de Ruptura Democrática permite generar una orientación política que permita avanzar en los objetivos mencionados, fundamentalmente políticos, y generar las condiciones para realizar transformaciones democráticas para avanzar hacia un nuevo estadio en la lucha de clases, más proclive a las necesidades populares. De lo que se trata finalmente, es buscar la forma de construir una correlación de fuerzas que permita triunfar. No se trata, como algunos han mencionado, de un avance de posturas “reformistas”[5] o incluso de un “colaboracionismo de clase”, todo lo contrario, se trata de generar una política nacional que afirme los avances del campo popular y una política de alianzas en donde el centro de la política se encuentre en la clase trabajadora, constituyendo así no una “etapa previa” a la lucha por el socialismo, sino el primer paso de su construcción.


[1] Análisis de Coyuntura, Organización Comunista Libertaria de Chile, febrero 2013. http://www.elciudadano.cl/2013/02/18/63619/organizacion-comunista-libertaria-chile-analisis-de-coyuntura-febrero-2013/

[2] “Democracia de masas: una apuesta libertaria para el actual período” http://cel-arg.org/blog/2013/08/02/la-democracia-de-masas-una-apuesta-libertaria-para-el-actual-periodo/

[3] Gobiernos levantados a punta de fuertes luchas sociales, y sustentados por algunos de los movimientos populares más potentes y políticos del continente.

[4] Con “lo institucional” no solamente nos referimos a lo electoral, sino que también al trabajo de tensar las instituciones y el entramado legal actual en pos de un reforzamiento de las posiciones del pueblo y en desmedro del bloque en el poder, develando de paso, el carácter limitado de la democracia existente y la necesidad de su reemplazo por una verdadera democracia de masas.

[5] “Los libertarios y la problemática electoral”, de Daniel Pérez. http://www.perspectivadiagonal.org/los-libertarios-y-la-problematica-electoral/

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Toma de posiciones y construcción de partido http://www.perspectivadiagonal.org/toma-de-posiciones-y-construccion-de-partido/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=toma-de-posiciones-y-construccion-de-partido http://www.perspectivadiagonal.org/toma-de-posiciones-y-construccion-de-partido/#comments Wed, 30 Oct 2013 15:21:46 +0000 Vladimir Benoit http://www.perspectivadiagonal.org/?p=638 ajedrez_modulo1

“No es suficiente contar con una espada, tiene que tene […]]]>
ajedrez_modulo1

“No es suficiente contar con una espada, tiene que tener filo; no es suficiente el filo: hay que saber usarla.”

Trotsky

“La revolución se produce cuando no queda ya otro camino. La insurrección, elevándose por encima de la revolución como una cresta en la cadena montañosa de los acontecimientos, no puede ser provocada artificialmente, lo mismo que la revolución en su conjunto. Las masas atacan y retroceden antes de decidirse a dar el último asalto”.

Trotsky

El inicio de la guerra de posiciones.

Ya es un acuerdo establecido en la izquierda que entre los años 2006 y 2011 se abre en Chile una nueva fase de la lucha de clases, en donde diversos empeños fragmentados de los trabajadores y demás sectores del pueblo irrumpen en la escena política tensando las estructuras estatales y de la sociedad civil colocando una serie de sentidas demandas en la opinión pública, demandas que nacen de más de 30 años de restauración capitalista.

En otro lugar, dijimos que este proceso obligaría  las clases dominantes a entrar en un proceso que haga del actual consenso pasivo uno activo[1]. La “Nueva Mayoría”, con todo lo que tiene de continuidad, expresa esos intentos. La entrada abierta del PC al pacto al bloque de partidos burguesas, buscando realizar su política de alianzas de clases, esperando la apertura institucional, marca también una variación importante en el contexto de las fuerzas de izquierda y de la emergente clase trabajadora. Este viraje dejó el espacio para que nuevos sectores empezaran a ocupar el lugar dejado por el PC, entrando en una fase de reconfiguración de las apuestas reformistas que si bien se componen de un contenido democrático más radical que el PC, tienen como base programática la colaboración de clase. Estas tendencias parecen comprensibles en un contexto de rearme del movimiento popular, donde poco a poco el campo político se diversifica y emergen en su seno las diferentes tendencias propias del “partido del trabajo” que busca su camino independiente. En otras palabras, junto con la emergencia de la lucha de masas empieza una dura lucha de configuración de su dirección.

Actualmente, este proceso se dirime en cómo las diferentes fuerzas de izquierda (minoritarias y fragmentadas) enfrentan esta nueva fase de la lucha de clases. Para algunos, esta fase se denomina “ruptura democrática” o bien “transformaciones con contenido democrático”, pero parece haber un acuerdo que el proceso tendrá como elemento gravitante las demandas de carácter democratizantes y redistributivas en un contexto donde las masas buscarán igualarse como sujetos de derecho dentro del imaginario burgués pero, de seguro, con métodos y propuestas que sobrepasaran tales aspiraciones, lo que abre el espacio para que los sectores avanzados de la clase trabajadora (hoy expresado en el movimiento estudiantil y algunas franjas de los trabajadores de los sectores estratégicos de la economía), orientados por la izquierda revolucionaria, busquen salidas que vayan más allá de los límites impuestos por Estado burgués, disputando diversos espacios de la sociedad civil. En ese sentido, el proceso abierto será de una alta complejidad, donde el nuevo reformismo intentará encausar estas energías contra los llamados cerrojos institucionales buscando espacios permanentes de integración y el equilibrio institucional que le es histórico por medio de nuevos consensos entre las clases, mientras que por otro lado, la acción directa de masas (que se ha sido la forma más común de enfrentamiento entre las clases hoy  de seguro será el método más utilizado, al no existir los contenedores institucionales) facilitará que los trabajadores y demás sectores empiecen a configurar su conciencia, expresada en organizaciones con mayor o menor desarrollo programático, en tensión permanente con la institucionalidad burguesa, buscando espacios cada vez mayores en la sociedad civil y que le permitan configurarse como sujeto político, como clase, pero, en tanto no logre definir una estrategia de poder, tenderá a poner la mirada en la institucionalidad burguesa. En otras palabras, es probable que entremos en un ciclo donde el movimiento popular tenga un marcado carácter fáustico, una doble alma recorrerá su actividad y el desarrollo de una u otra tendencia tendrá relación con sus direcciones y de cómo sean capaces de orientar la lucha. Es decir, en este complejo marco, el rol del partido –también en desarrollo, en consonancia con los procesos de masas- se vuelve crucial desde el primer día del proceso de rearme de los trabajadores, más si este proceso será caracterizado como uno de guerra de posiciones.

Como dice Gramsci, “no se puede escoger la forma de guerra que se desea, a menos de tener súbitamente una superioridad abrumadora sobre el enemigo”[2] Hoy, claramente, la izquierda revolucionaria no está en condiciones de imponer el campo de batalla, por lo que es fundamental partir desde un análisis realista, entendiendo que en gran medida las fuerzas populares emergentes sobrepasarán con creces a los diversos agrupamientos políticos, que el proceso que se abre es de múltiples ensayos y errores, de tanteos programáticos y apuestas diversas, profundamente cacofónico, por lo que la clave estará puesta en qué posiciones de la sociedad civil serán claves para el desarrollo de un polo revolucionaria capaz de llevar a los trabajadores a la toma del poder.  Por lo tanto, es más que urgente  “estudiar con “profundidad” cuáles son los elementos de la sociedad civil que corresponden a los sistemas de defensa en la guerra de posición”[3]. Sólo esa claridad nos permitirá discernir entre el desarrollo de fuerza revolucionaria y la domesticación reformista, entre las tareas de los revolucionarios y del reformismo. De ahí, nuevamente, la importancia de entender el actual periodo como uno de guerra de posiciones.

Según el sardo, “la guerra de posición, en efecto, no está constituida sólo por las trincheras propiamente dichas, sino por todo el sistema organizativo e industrial del territorio que está ubicado a espaldas del ejército: y ella es impuesta sobre todo por el tiro rápido de los cañones, por las ametralladoras, los fusiles, la concentración de las armas en un determinado punto y además por la abundancia del reabastecimiento que permite sustituir en forma rápida el material perdido luego de un avance o de un retroceso”[4]. En otras palabras, Gramsci distingue a la guerra de posiciones de la de movimiento en que la primera implica un proceso de acumulación de fuerzas importante donde la clave está en la capacidad de movilizar amplios contingentes, donde los recursos son más abundantes y permiten sostener una guerra de más largo aliento, lo que implica no sólo condiciones materiales, sino morales e intelectuales. De ahí su énfasis en el rol del partido y la acumulación de fuerzas. Pero es el partido el que adquiere vital importancia, ya que este opera como guía o reformador moral e intelectual, permite sostener la mirada en el tiempo e infundir ánimo y confianza en las masas las que se deberán ver dispuestas a dar duros y largos combates. El partido en Gramsci es clave, ya que es la única herramienta precisa e insustituible para disputar en sociedades “complejas” la dirección de la burguesía. La lectura inversa sería la de estrategias como la foquista, donde se trata de crear condiciones subjetivas a partir de una serie de golpes rápidos al enemigo, desmoralización y forzar una rápida entrada a una crisis sistémica que facilite la desarticulación de los aparato de poder estatal y de pie a la toma del poder. De ahí sus énfasis en lo militar más que en lo político, etc.

Recogiendo lo señalado por Trotsky en el epígrafe que citamos, la guerra de posiciones coloca más énfasis en la articulación, en “la cadena montañosa de acontecimientos”, ahí donde se debe atender el importante peso “orgánico” de la metáfora, en la preparación de las condiciones del asalto y entiende que este no será un solo momento, sino una serie de intentonas, de momentos parciales, de toma de posiciones. Un proceso donde  “las masas atacan y retroceden antes de decidirse a dar el último asalto”[5].

La emergencia de grandes contingentes humanos, la red de una compleja sociedad civil donde las organizaciones de masas son permanentes y se ven constantemente asechadas por la influencia ideológica de la burguesía –pero ahí donde lo ideológico involucra una serie de prácticas sociales concretas-, al mismo tiempo que su complejidad dificulta los movimientos rápidos, implica comprender que el del rol del partido algo insustituible y que su construcción es una tarea tan necesaria y actual como la del movimiento de masas. Es  más, es inconcebible un movimiento de masas en desarrollo si esto no implica la construcción simultánea de un campo político. Cada uno refiere, necesariamente al otro y son dos aspectos de un mismo proceso.

La necesidad de los partidos en las “sociedades occidentales”

La caracterización hecha por Gramsci, que lo lleva a plantear la importancia del rol del partido, no es arbitraria, sino que obedece a un diagnóstico realizado a partir del fracaso de la revolución en “occidente” y las transformaciones del capitalismo[6]. Caracterizando las sociedades que llama “occidentales”, contrapuestas a las de carácter “oriental”, señala que la sociedad civil “se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a las “irrupciones” catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.): las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de trincheras en la guerra moderna. Así como en éste ocurría que un encarnizado ataque de la artillería parecía destruir todo el sistema defensivo adversario, cuando en realidad sólo había destruido la superficie exterior y en el momento del ataque y del avance los asaltantes se encontraron frente a una línea defensiva todavía eficiente, lo mismo ocurre en la política durante las grandes crisis económicas”[7]. Para Gramsci, “entre estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El estado sólo era una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas; en mayor o menor medida de un estado a otro, se entiende, pero esto precisamente exigía un reconocimiento de carácter nacional”[8]. De ahí que sea enfático en que los trabajadores deben ser Estado incluso antes de la toma del poder y deben contar con amplios contingentes humanos que movilizar pero, más aún, deben ser sectores que comprendan tanto la necesidad de la lucha como su complejidad. En otras palabras, la guerra de posiciones supone un complejo proceso de aprendizaje de las masas tal como de sus referentes políticos.

En chile, la crisis asiática de fines de los 90s, así como el impacto de la crisis actual el 2007, mostraron esta fortaleza “subjetiva”, si se quiere, del modelo neoliberal. Este ataque de artillería, propiciado por el propio capitalismo, patentizó la importancia del factor subjetivo que no es otro que la organización de trabajadores, su articulación como clase y que comprende los empeños políticos. El gran legado de la dictadura no ha sido solamente “el modelo” sino el profundo impacto que tuvo el aniquilamiento de las fuerzas de los trabajadores. Las crisis por si solas no se traducen mecánicamente en crisis revolucionaria, solo aceleran tendencias y procesos, lo que implica que, por ejemplo, en una situación de “baja densidad orgánica”, la artillería descargada puede destruir posiciones de los mismo trabajadores, llevándolos, como pasó en Europa, al fascismo o simplemente a la inmovilidad.  “Los efectos políticos de una crisis, señala Trotsky, (no sólo la extensión de su influencia sino también su dirección) están determinados por el conjunto de la situación política existente y por aquellos acontecimientos que preceden y acompañan la crisis, especialmente las batallas, los éxitos o fracasos de la propia clase trabajadora, anteriores a la crisis. Bajo un conjunto de condiciones la crisis puede dar un poderoso impulso a la actividad revolucionaria de las masas trabajadoras; bajo un conjunto distinto de circunstancias puede paralizar completamente la ofensiva del proletariado y, en caso de que la crisis dure demasiado y los trabajadores sufran demasiadas pérdidas, podría debilitar extremadamente, no sólo el potencial ofensivo sino también el defensivo de la clase”[9]. Por lo tanto, nada de lecturas automáticas, nada mecanicismos ni efectos necesarios a causas determinadas. La lucha de clases está siempre abierta, no a cualquier cosa, obviamente, sino a potencialidades y tendencias. La habilidad de la política revolucionaria es determinar en el plano objetivo tales tendencias y desarrollarlas con una policía correcta y que ponga por delante el principio fundamental de la policía revolucionaria de los trabajadores: la “autoactividad” de masas, su organización independiente como clase. Esa debe ser la política central de todo partido revolucionario, más aún cuando nos situamos en sociedades que se caracterizan por haber profundizado estos mecanismos de dominación y, más importante aún, se han desarrollado todas las tareas democrático-burguesas. Esto también lo tenía claro Trotsky que, al igual que Gramsci, considera como clave el rol del partido en este proceso. Para el ruso, “No considerar el papel del partido es caer en el objetivismo pseudo-marxista que supone alguna especie de preparación automática y pura de la revolución, por lo que posponen la revolución a un futuro indefinido. Tal automatismo es ajeno a nosotros”[10]. Esta idea de “posponer la revolución” no es sino el sinónimo de dejar las tareas socialistas para mañana y no comprender su actualidad, es decir, el “tratar cada cuestión del día individual en el contexto concreto de la realidad sociohistórica, considerarla como factor de la emancipación del proletariado”[11].  De ahí que la idea de “acumulación de fuerzas” en el contexto de la guerra de posiciones no es sólo un factor cuantitativo, sino que nos obliga a pensar su desarrollo en función de lo subjetivo. Más aún, si consideramos que los procesos de ajustes neoliberales (que no es sino el resumen de la contrarrevolución-restauración burguesa ante la crisis del capitalismo a mediados y fines de los setentas) si bien han conservado y radicalizado ciertas tendencias objetivas de la crisis capitalistas (que ya se extiende por más de cinco años) ha sido caracterizado como una gran ofensiva burguesa que se ha concentrado en la desarticulación y destrucción subjetiva de los trabajadores, lo que hoy se traduce en uno de los pilares fundamentales en la contención y sobrevivencia del régimen.

Por lo tanto, lo que se ha llamado “ruptura democrática”, “disputa democrática” o “transformaciones con contenidos democráticos” se debe comprender como un proceso de acumulación de fuerzas (objetiva y subjetiva) que, entrando en el campo de batalla de “las luchas democráticas” tiene como fin último el desarrollo del factor subjetivo que permita a los sectores populares entrar en una nueva fase de enfrentamiento con las clases enemigas, transformar la actual correlación de fuerzas entre clases, por medio de la amplitud de su marco de maniobra, posibilitado no sólo por la acumulación de fuerza propia, sino de importantes variaciones en las instituciones burguesas. En otras palabras, la acumulación de fuerza se expresa tanto en las nuevas posiciones ganadas al enemigo y el programa que emerja de su desarrollo. Sin embargo, el factor cualitativo de este proceso radica en el “cómo” será el proceso de conquista, cómo rendirá en el desarrollo de la conciencia de clase y que no puede ser sino el desarrollo de una alternativa independiente de los trabajadores, un polo que oriente moral e intelectualmente, que exprese el paso a la lucha ético-política, como dice Gramsci, separado de los demás partidos burgueses o conciliadores de clase. En otras palabras, todo está puesto en el cómo se desarrolla el necesario “espíritu de escisión” que ya hemos mencionado en otro lado[12], y que Gramsci define como “la progresiva conquista de la conciencia de la propia personalidad histórica”, el cual “debe tender a prolongarse de la clase protagonista a las clases aliadas potenciales; todo esto requiere un complejo trabajo ideológico, cuya primera condición es el exacto conocimiento de la materia volcada en su elemento humano”[13]

En otras palabras, el proceso de ruptura democrática se debe comprender como el desarrollo de la hegemonía de la clase trabajadora, la conquista de su subjetividad revolucionaria. Y es que, como señala Pereyra, “la dominación de clase no descansa solamente en los procedimientos coercitivos sino, de manera fundamental, en la dirección cultural y política de la sociedad, en la contaminación ideológica de todo el sistema social. La hegemonía de la burguesía no sólo procede de la refuncionalización que impone del aparato estatal; deriva también de su control sobre el funcionamiento de la sociedad civil. La hegemonía se constituye en virtud del comportamiento gubernamental, del parlamento y el sistema jurídico, etcétera, y también en el espacio formado por sindicatos, partidos, medios de comunicación, centros educativos y culturales, etcétera. En este espacio se sustenta parte considerable de la hegemonía del bloque dominante pero, a la vez, es el espacio abierto a la confrontación social, el “lugar” de la actividad política de los dominados. La homogeneidad de la clase obrera se va logrando mediante las “posiciones” conquistadas en este espacio de la sociedad civil.” Es decir, “lo que Gramsci llama “guerra de posiciones” es el proceso a través del cual el bloque dominado vigoriza su presencia en las instituciones de la sociedad civil, alterando la correlación de fuerzas en el tejido social característico de la formación capitalista”[14]. Pero no se trata de “cualquier posición”, sino de las necesarias para ampliar su capacidad de intervención y restructuración de la correlación de fuerzas entre clase. En otras palabras, qué posiciones son las necesarias, se deriva de una perspectiva estratégica determinada y que se expresa, en última instancia, en el debate y tensiones propias del campo político, compuesto por la diversidad de organizaciones articuladas con ese fin.

 Este proceso de desarrollo hegemónico y que podemos definir como un proceso de escisión al interior de las luchas democráticas y redistributivas, tiene al menos dos elementos que operan vinculados de forma dialéctica. Se trata del desarrollo de las organizaciones de trabajadores y la construcción de referentes políticos que sean  tanto una expresión de la fuerza acumulada, como momento de síntesis y clarificación política, al mismo tiempo que potencian, en su desarrollo programático a los primeros[15] y que, por medio de una serie de procesos, deberían tender a constituir un polo de articulación política, un partido de trabajadores. En otras palabras, se debe construir movimiento de masas y partido, estas son los principales ejes de desarrollo del periodo de “ruptura democrática” y que deben tener como campo de desarrollo las tareas democráticas abiertas por el movimiento popular.

Como revolucionarios, creemos que estos dos problemas se sintetizan en los desafíos de la construcción programática y el desarrollo de la acción directa de masas, uno responde al contenido, que se forja en el desarrollo de la unidad de la izquierda revolucionaria y la otra como la estrategia que debe impulsar estos objetivos al interior del movimiento de masas que se apropian y alimentan el programa. Pero, al mismo tiempo, esto implica pensar la unidad de la izquierda revolucionaria desde la lucha, entendiendo que es de estos procesos de convergencia desde donde es posible que emane un partido de clase obrera, inserto en la lucha de masas y que contenga a sus cuadros más decididos. Por lo tanto, programa, política de alianzas y construcción de partido son tres ejes vitales a desarrollar en el actual periodo y serán los objetos de los próximos artículos.


[1] Benoit, V. Fisuras en la hegemonía y disputa democrática, en http://www.perspectivadiagonal.org/fisuras-en-la-hegemonia-y-disputa-democratica/

[2] Gramsci, A. Escritos políticos (1917-1933), Siglo XXI,  p. 337

[3] Op. Cit. 338

[4] Op. Cit. p. 337

[5] Trotsky, L. Historia de la revolución rusa, ediciones RyR, p. 807.

[6] Ver especialmente los textos sobre “Americanismo y fordismo” en, Gramsci, A. Cuadernos de la Cárcel, T. 6 p. 59 y sgts.

[7] Gramsci, A. Escritos…, p. 338

[8] Op. Cit. p 340

[10] Trotsky, L. Report on the Communist International (December 1922)  https://www.marxists.org/archive/trotsky/1922/12/comintern.htm, la traducción es mía.

[11] Lukacs, Lenin-Marx, editorial Gorla,  p.35

[12] Benoit, V. Multisectorialiad y hegemonía: a propósito de la centralidad de la clase trabajadora, en http://www.perspectivadiagonal.org/multisectorialidad-y-hegemonia-a-proposito-de-la-centralidad-de-la-clase-trabajadora/

[13] Gramsci, A. Pasado y Presente, p. 220. Citado en Campione, D. Algunos términos utilizados por Gramsci, p. 7.

[14] Pereyra, C. “Gramsci: Estado y sociedad civil, cuadernos políticos n° 21 México, D.F., editorial Era, julio-septiembre de 1979, pp. 66-74

[15] Como dice Marx, se trata de decir por qué luchan.

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Los libertarios y la “problemática electoral” http://www.perspectivadiagonal.org/los-libertarios-y-la-problematica-electoral/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=los-libertarios-y-la-problematica-electoral http://www.perspectivadiagonal.org/los-libertarios-y-la-problematica-electoral/#comments Fri, 18 Oct 2013 22:32:48 +0000 Daniel Pérez http://www.perspectivadiagonal.org/?p=629 nudo

“Yo tengo principios, y entre ellos figura el de no dej […]]]>
nudo

Yo tengo principios, y entre ellos figura el de no dejarme impresionar nunca por la llamada a los principios”

(Camilo Berneri)

Durante los últimos meses se ha suscitado un debate bastante intenso al interior del sector Comunista Libertario chileno el que, si bien está lejos de acabar, muchas veces ha girado en torno a ejes que lo alejan de una discusión política que tenga como horizonte la articulación de una estrategia para el periodo actual, la emancipación de los pueblos y la construcción del socialismo.

La intención de esta columna ciertamente no es cerrar el debate, sino más bien aportar con elementos analíticos que me parecen necesarios y, considero, han estado bastante ausentes en la discusión que se ha desarrollado últimamente.

La problematización de “lo electoral” y el “principismo”

En primer lugar cabe mencionar que “lo electoral” por sí mismo no existe, lo que sí existe son coyunturas electorales particulares y escenarios específicos que obligan a cualquier sector político a plantearse desafíos concretos en torno a las posibilidades y limitaciones que abren (o cierran) dichas coyunturas.

En consideración con lo anterior el antielectoralismo no puede constituirse como un principio o una máxima del pensamiento libertario, más bien debe entenderse que éste es y ha sido una táctica que puede ser usada, o no, por los libertarios y el movimiento social en una coyuntura específica. Así como existe un principismo electoral o parlamentario, que hace de las elecciones un fetiche, perfilándolas como el único escenario de disputa política; también es posible encontrar un principismo antielectoral, que rechaza de plano cualquier vinculación con la herramienta eleccionaria, sin mediar ninguna lectura política. Con respecto a esto se debe ser claro y enfático: no son los principios los que por sí mismos niegan la política, por el contrario, son su fundamento; niega la política precisamente quien de forma impropia convierte el problema de las tácticas en un problema de principios.

En este sentido, diremos que plantear “lo electoral” como una esencia, como algo que no depende de las distintas coyunturas de la historia y de la lucha de clases en un momento específico del desarrollo del capitalismo, y frente a lo cual se tiene permanentemente la misma posición, es simplemente una forma de negacionismo ante las posibilidades reales de hacerse cargo activamente de las necesidades actuales de la lucha.

Nosotros como libertarios, antidogmáticos y heterodoxos por excelencia, tenemos el deber de situarnos ante los diferentes escenarios que se van presentando de forma crítica, con creatividad y capacidad de respuesta, mas nunca perdiendo el horizonte de construcción que nos hemos propuesto.

Muchos libertarios a través del tiempo han asumido este desafío, y otros tantos determinaron que la tarea de plantearse activamente frente a las elecciones y el Estado resultó necesaria para su momento histórico. Ejemplos no faltan, es posible encontrarlos en la FAU del 75’ y la construcción de un Partido por la Victoria del Pueblo que planteaba la convocatoria de elecciones; en los candidatos que la Federación Comunista Libertaria presentó en las elecciones parlamentarias francesas del 56; en los ministros de la CNT española durante la II República; e incluso en nuestro propio Ernesto Miranda, cuando hizo el llamado a constituir el Partido Socialista Libertario, para participar de las elecciones parlamentarias, en el congreso celebrado en Curicó durante el año 1973. Hasta el mismo Bakunin expresó su apoyo a Giuseppe Fanelli, anarquista italiano que en 1870 sale electo como diputado por la localidad de Torchiara, en una carta enviada durante el mismo año afirmaba que “es preciso que en todas partes los hombres de buena voluntad estén en el candelero, y que sobre todo nuestros amigos estén en una posición tal que su influencia sea lo más eficaz posible.”[1]

Debe clarificarse que lo que acá se intenta no es recuperar o reivindicar una tradición libertaria “electoralista”, sino más bien realizar el ejercicio de rescatar algunos ejemplos que permiten observar cómo los libertarios se han enfrentado a ciertas coyunturas históricas con la amplitud táctica que debiera caracterizarles. Acá tampoco lo que interesa es hacer una lectura particular de cada uno de los periodos en los que los libertarios han tomado tales determinaciones. Estas experiencias ciertamente pueden haber obedecido a malas lecturas, y como apuesta política pueden haber estado equivocadas, sin embargo aquí el asunto en cuestión no es precisamente este, como dice Berneri “que el anarquista pueda errar en la valoración del momento político es posible, pero el problema es si juzgando así un momento político y actuando en consecuencia deja de ser anarquista.”[2]

Ciertamente acá importa poco quién “es” o “deja de ser” anarquista, sin embargo resulta necesario que el repertorio táctico de los libertarios sea rescatado en su totalidad, sin ser eclipsado por los temores a perder la identidad o a ser excomulgado de la iglesia de los puros.

Habiendo despejado el tema del principismo, tarea lamentablemente ineludible en una discusión como esta, resulta necesario avanzar hacia los aspectos político-estratégicos que quedan pendientes. Estos dicen relación con los elementos de análisis que se puedan constituir como herramienta para analizar la diversidad de formas de concebir la articulación de una apuesta electoral con un horizonte revolucionario.

Elementos para concebir una política revolucionaria de cara a los procesos eleccionarios.

Si bien al comienzo de esta columna hemos echado por tierra la posibilidad de considerar “lo electoral” como algo en sí mismo, separado de los procesos sociales en las que se desenvuelven las coyunturas electorales, sí es posible caracterizar las diversas intenciones u orientaciones táctico-estratégicas que subyacen a cualquier apuesta electoral.

Cabe puntualizar aquí sobre dos elementos que se entrecruzan y que raramente son distinguidos en las discusiones y análisis que se realizan al respecto: por un lado debe considerarse la apuesta hacia la coyuntura electoral, mientras que por otro debe tenerse en consideración la apuesta hacia la utilización de los cargos en el Estado. Es importante recalcar que estos elementos no siempre van de la mano y que, si bien el primero puede ser condición de posibilidad para el segundo, no todas las apuestas electorales deben necesariamente entenderse como una forma de acceder a los espacios que las mismas disputan.

Lo que pretendemos ofrecer a continuación es una tipología de los distintos tipos de apuesta electoral que pueden esbozarse desde la izquierda revolucionaria, que considere la relevancia táctica o estratégica, tanto de la utilización de la coyuntura electoral misma como del uso de los puestos susceptibles de ser ocupados en el Estado. Aquí las posibilidades de articulación entre la táctica y la estrategia son 3 si se consideran para una línea política revolucionaria, a la que agregaremos una adicional que corresponde a una línea política reformista. Consideraremos acá una definición sucinta entre ambas líneas políticas, donde la revolucionaria pretende resolver la contradicción entre las clases sociales a través de un quiebre en perspectiva socialista; mientras la reformista supone la resolución de los conflictos de clase a través de la institucionalidad del Estado Burgués.

-        Instrumentalización táctica de la coyuntura electoral.

Diremos de este tipo de apuesta que se orienta tácticamente hacia la utilización de una coyuntura electoral determinada, pero que no se posiciona particularmente hacia el uso de los cargos del Estado. En este sentido puede considerarse que una apuesta de estas características pretenda, por ejemplo, visibilizar un programa, aglutinar a cierto sector de la izquierda, utilizar la campaña para amplificar algunas orientaciones discursivas, reunir a ciertos sectores movilizados en torno a un programa común, etc. Independientemente del objetivo, lo que importa y caracteriza este tipo de apuesta es que su éxito o fracaso no se juega en los resultados mismos de las elecciones, si bien la cantidad de votos obtenidos puede ser un indicador de cuán bien se realizó el trabajo, el resultado de la apuesta no puede ser medido en el número de votos, sino más bien en cómo y a qué sectores se alcanzó con la propuesta programática, qué organizaciones de izquierda fue posible articular, cuál fue la recepción de la población de las orientaciones discursivas propuestas, cómo se proyecta la articulación del movimiento social en torno a un programa después de las elecciones, etc. Un ejemplo claro de este tipo de apuestas es la que puede desprenderse de la declaración[3] de la Red Libertaria en Chile, al decidir participar en la campaña “Tod@s a La Moneda”.

-        Alcance estratégico de la coyuntura electoral para el uso táctico de los cargos del Estado.

Este tipo de apuesta considera al componente electoral como estratégico, pues su objetivo es ocupar los cargos del Estado, sin embargo la orientación del uso de estos cargos se limita a lo táctico. Acá los resultados de la apuesta, efectivamente, pueden ser medidos a través de la cantidad de votos y la posibilidad de integración en cargos de autoridad, sin embargo resulta necesario hacer el énfasis en el uso táctico de dichos cargos. Una apuesta como ésta puede considerar que el uso de estos cargos permita garantizar el acceso a facilidades materiales, como viajes, recursos económicos, posibilidades de relaciones más amplias con otros sectores o a nivel internacional, a la vez que puede permitir el uso de esos espacios como tribuna para la denuncia o para otorgarle visibilidad a algunas luchas sociales. Un ejemplo de esto podría ser el ya mentado apoyo de Bakunin a Fanelli y Friscia, ambos importantes organizadores de la Primera Internacional y que obtuvieron diputaciones en la Italia de la época, cuyos honorarios el primero utilizó para fundar el movimiento anarquista español.

-        Alcance estratégico de la coyuntura electoral y del uso de los cargos del Estado.

La diferencia fundamental de este tipo de apuesta con la anterior dice relación con la consideración estratégica, no sólo de la coyuntura electoral, si no que de la utilización de los cargos del Estado. Acá el uso de los cargos del Estado se vuelve estratégico en tanto la apuesta, a diferencia de las demás, pretende disputar el carácter del Estado burgués desde su interior. Los libertarios históricamente hemos catalogado este tipo de apuestas como “reformistas” por considerarlas inviables, sin embargo es necesario reconocer que hay sectores de la izquierda revolucionaria que han optado por ellas. No es de mi interés acá dar la discusión de si estas apuestas pueden ser revolucionarias o no, sin embargo, dado que me propuse elaborar una tipología que sirviera como marco de análisis para las apuestas electorales de la izquierda revolucionaria, y no sólo de los libertarios, es que me permito dejar esta categoría dentro de las, al menos, posiblemente revolucionarias. Ejemplos claros se tienen en los gobiernos bolivarianos que se han sucedido a través de América Latina durante los últimos años para el caso de elecciones presidenciales, o bien las propuestas de municipalismo libertario de Bookchin para el caso de las elecciones municipales.

-        Alcance reformista

Ciertamente la izquierda reformista ha tenido más de una forma de acercamiento táctico-estratégico a las coyunturas electorales, sin embargo no es del interés de esta columna profundizar en ellos ni caracterizarlos de una forma exhaustiva. Sólo diremos que el objetivo que orienta este tipo de apuestas tiene por horizonte la conciliación de los conflictos de clase al interior de la institucionalidad burguesa, característica consustancial a toda clase de reformismo y que, en tanto tal, escapa a las apuestas revolucionarias que pretendemos caracterizar.

Para finalizar, estimo que se hace necesario generar algunas prevenciones contra una lectura errada del marco de análisis propuesto.

En primer lugar, es necesario considerar que como buen marco de análisis éste no es capaz de explicar la totalidad compleja que implican las distintas realidades y contextos políticos. El esfuerzo que constituyó la presente columna se erigió sobre la necesidad de entregar algunos elementos de análisis, que sirvieran como coordenadas en las lecturas políticas que puedan realizar organizaciones o individualidades que se vean enfrentados a estas problemáticas.

En segundo lugar, debe considerarse que este marco de análisis está lejos de encontrarse finalizado, pues permanentemente aparecerán un conjunto de elementos que no han sido contemplados en su interior y que difícilmente podrían haberse tratado en el contexto de una columna de opinión. Por ejemplo, resultaría necesario nutrir cualquier tipo de análisis de este tipo con variables acerca del contexto político-institucional en el que se desarrollan las elecciones, donde un contexto de “apertura democrática” podría propiciar apuestas muy distintas a las que pueden pensarse en el Chile autoritario actual. Adicionalmente, resulta necesario considerar que las elecciones presidenciales, parlamentarias y municipales ciertamente presentan posibilidades y limitaciones distintas, por lo que deben ser analizadas bajo un prisma diferenciado.

Por último, resulta necesario recalcar que ninguna de las apuestas expuestas se constituyen como revolucionarias por sí mismas, el carácter revolucionario de cualquier apuesta estará dado por el marco táctico-estratégico en el que se inscriba y al programa revolucionario al que responda, mientras que su carácter libertario estará dado por supeditar todo su movimiento a las necesidades y lógicas de la reorganización de los de abajo, entendiéndose siempre como una táctica cuyo horizonte sea apoyar los procesos de construcción de poder popular.


[1]  Extracto completo: “Tal vez te maravilles viendo que yo, abstencionista decidido y apasionado, empuje ahora a mis amigos a ser elegidos diputados. El caso es que las circunstancias y las cosas han cambiado. Antes de nada, mis amigos, empezando por ti, se han empecinado de tal manera en nuestras ideas, en nuestros principios, que no hay ningún peligro de que puedan olvidarlos, mortificarlos, sacrificarlos, y volver a caer en sus antiguas costumbres políticas. Y además, los tiempos se han vuelto tan serios, el peligro que amenaza a la libertad de todos los países es tan formidable, que es preciso que en todas partes los hombres de buena voluntad estén en el candelero, y que sobre todo nuestros amigos estén en una posición tal que su influencia sea lo más eficaz posible. Cris­toforo (Fanelli) me ha prometido escribirme y tenerme al corriente de vuestras luchas electorales, que me interesan enormemente”. Mijail Bakunin en carta enviada a Gambuzzi (Locarno, 6 de Septiembre de 1870).

[2] C. Berneri, “Abstencionismo y anarquismo”.

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“Se ha dicho, con acierto, que un resultado esencial ra […]]]>
bandera rojinera

“Se ha dicho, con acierto, que un resultado esencial radica en demostrar ante el pueblo una perspectiva de victoria, un camino de esperanza, de confianza en la posibilidad de un cambio profundo, revolucionario”

FAU-OPR33 

Lo que se presenta a continuación es un breve artículo que pretende seguir profundizando el necesario y acalorado debate político al interior de la izquierda libertaria. Es un artículo que no se detiene en caracterizaciones puntuales de la realidad nacional, ya que en lo grueso hay consensos ya establecidos, más bien es un artículo que intenta instalarse en el orden estrictamente conceptual.

Las “cuatro fuentes” del socialismo libertario.

Se ha dicho con justa razón que el problema del poder es decisivo si se quiere transformar y superar de forma radical la sociedad de clases, se plantea también que éste solo puede resolverse adecuadamente a través de una adecuada lucha política. Tales afirmaciones por lo menos deben intentar resolver –construir- política y programaticamente los  diversos recipientes (sociales y políticos) y domicilios ideológicos (partido) de las franjas más activas del movimiento popular. Con esto queremos plantear que los sectores populares deben ser capaces de construir por un lado una política amplia de unidad orgánica y programática con las diversas constelaciones sociales y política del pueblo, nos referimos a la idea de un  bloque para la izquierda socialista revolucionaria, que logre expresar por el lado de la izquierda libertaria, dos necesidades políticas:

La idea que las grandes transformaciones sociales y nacionales son parte de un largo esfuerzo de articulación de fuerzas políticas e ideológicas de las distintas corrientes de izquierda que, desde los procesos de lucha, contempla sus complejidades y contradicciones de conformación. Diversidades y mixturas ideológicas por otro lado, inevitables y necesarias en el marco de la participación de las organizaciones políticas y populares para construir e impulsar el programa del pueblo. Luego es importante concretar y darle un recipiente orgánico a las fuerzas vivas de la izquierda de intención revolucionaria desde el imaginario político libertario. Este recipiente de variedad ideológica, es la instrumentación estratégica de un nuevo bloque histórico popular, que necesariamente nace de la musculatura social.

Por tanto para lograr concretar la unidad programática a nivel político, es de orden fundamental articularla con las organizaciones populares, en un embase que contenga a las diversas organizaciones sociales, a sus sectores mas avanzados. Sólo desde la unidad multisectorial de las organizaciones del activo popular, es posible armonizar una estrategia de articulación en común con el resto de las organizaciones políticas de izquierda, ya que esta unidad de hecho en el movimiento popular puede delimitar los niveles de acuerdo y lograr por tanto dar un cuerpo coherente a un proyecto político de ruptura que vincule y coordine a los frentes de masas con los frentes estrictamente de orden político.

Otro embase necesario para vehiculizar lo político, es de una naturaleza estrictamente organizativo-partidario, cuya tarea pasa por lograr sintetizar un imaginario político propio, es decir la construir de un universo ideológico que condense una cultura, una doctrina,  estilos de construcción y proyecto revolucionario, es decir, lograr darse un cuerpo de representación política para diseñar las coordenadas y diseños ideológicos (táctico-estratégico) hacia el conjunto del movimiento obrero y popular. Nivel de constitución que supone la materialización de un partido revolucionario de la clase trabajadora y del pueblo.

Y por ultimo un cuarto embase donde concretar las disputas de un proyecto de ruptura, es estrictamente político-militar. Con esto queremos sostener en términos programáticos, que “el problema del poder se resuelve con una ajustada línea de práctica  de la violencia o sea con una adecuada línea militar… dicho de otro modo, ninguna organización es revolucionaria hasta que no se plantea y resuelve los problemas del aspecto violento militar de su practica política.” (FAU. Copey .72”).

En este sentido, todo proyecto de liberación social y nacional de las clases populares inexorablemente conduce a un enfrentamiento y disputa político-militar, las tareas previas o preparatorias  de las organizaciones políticas deben ajustar una adecuada línea en este terreno, evitar este espinoso tema, es de alguna manera dilatar el problema de la organización y el poder.

Ruptura democrática, ese oscuro objeto libertario.

“La practica electoral, al margen de las intenciones, trasfiere el centro de la preocupación al ámbito estéril de las combinaciones con reformistas…Sectores erigidos ahora en protagonistas del momento culminante de un proceso, en cuyo desarrollo solo ocuparon, en la realidad, el mas que secundario papel de oscuras comparsas”

G. Gatti

Ahora estos cuatro recipientes estrictamente políticos y conceptuales obedecen a, y no pueden estar descontextualizados, de la realidad nacional. En este sentido, las coyunturas por venir y el comportamiento del movimiento popular y sus diversas expresiones en lo político en estos próximos meses deben lograr visualizar -dentro de una estrategia de construcción de alternativas de poder a largo plazo-, lo antes señalado. Es decir,  organizar un partido para las transformaciones sociales y locales de Chile, exige o demanda la instrumentación de las herramientas populares existentes, estamos hablando de dotar de una táctica y una estrategia permanente la articulación sectorial de las organización sociales protagonistas del reame orgánico de la clase trabajadora del país. Y solo el camino que señalice la maduración siempre compleja de los organismos de masas, o por lo menos de sus sectores mas dinámicos y combativos, indicará los tiempos y ritmos de articulación con el resto de la un todavía dispersa izquierda clasista.

La maduración de un nuevo bloque social que contenga y exprese a las constelaciones sociales del activo popular solo es realizable sobre la base de la conjunción de fuerzas en torno a un programa mínimo a todo nivel, y éste adquiere sentido y coherencia en tanto habilita luchas en que se abren perspectivas para una experiencia amplia de acción a nivel de masas (G. Gatti)

Si no se logra madurar o desarrollar en estos dos niveles (frentes de masas y frentes políticos), se cae inevitablemente en el cortoplacismo propio del electoralismo y de posiciones apresuradas o aventureras de orden militar. Sobre todo en este periodo, en que el país ha entrado en un nuevo ciclo de lucha de clases, protagonizada y dinamizada por diversas experiencias territoriales, sindicales y estudiantiles1. En la actual coyuntura nacional, es donde aparecen nuevamente sectores de la izquierda, que si bien han promovido posiciones y prácticas de ruptura, también sostienen ahora, la posibilidad de una disputa electoral. Esto marca claramente un retroceso respecto al nivel y decisión de lucha alcanzada, sobre todo en lo que respecta a la acción de masas, y de las principales directrices políticas. En esto hay que ser claro y categórico, en el marco de la formación social del Estado capitalista en Chile, en un sentido estructural y político, toda reforma que posibilite la transformación parcial aunque sustancial del actual patrón de acumulación y de su blindaje institucional2 demanda la organización ininterrumpida y permanente de las fuerzas sociales de cambio. Por tanto las elecciones en este caso no ayudan a crear conciencia, confunden, no promueven la lucha, todo lo contrario la paralizan tras un espejismo. No apunta directamente al logro de conquistas, sino que la deriva  sustituyendo la  movilización popular por un oscuro juego parlamentario.

De ahí que la señal que se advierte, a nuestro gusto, es contradictoria. Algunas lecturas y propuestas del campo libertario revolucionario, bajo las conceptualizaciones de ruptura democrática y de unidad de la izquierda (como frente) en el actual escenario electoral, asimilan mecánicamente (en tanto argumentación) procesos sociales muy diversos, como el proyecto bolivariano o la situación actual de la izquierda abertzale en el país vasco o mirando segadamente la constitución  histórica de frentes de izquierda, como el caso del frente amplio uruguayo. Estas argumentaciones comparativas ad hoc, solo desvirtúan e instalan cortapisas programáticas a lo ya acumulado en términos sociales, señalando que es posible conquistar y tensar mediante el voto programático lo que la lucha popular en los sindicatos, en los territorios, en las comunidades  y en el movimiento estudiantil no ha podido conseguir. Por tanto el resumen político que se hace de las próximas elecciones en términos conceptuales y puntuales hacia las amplias franjas movilizadas del pueblo- sintetizado en la contradictoria idea de ruptura democrática- es que el vehículo de transmisión popular en términos políticos, en la actual coyuntura, se traduce en lo concreto, en el movimiento todos a la moneda, frente de masa electoral instrumentalizado por el partido humanista de Chile. Partido que no merece por ahora, ninguna “atención analítica”.

Solo un diagnóstico apresurado, un oportunismo debido a un “seguidismo” de masas, propio todavía de la inmadurez y de la composición pequeñobuguesa y estudiantil del mundo libertario, puede instalarse como furgón de cola del partido humanista. Ya que en todo caso, si bien las elecciones en otras circunstancias políticas del país y de otros países, pueden llegar a ser un batalla táctica dentro de una estrategia de poder popular (como por ejemplo la conquista de reestablecimientos mínimos democráticos frente a una dictadura militar), este no es el caso. Aun mas, situarse en un frente que no condensa ni articula a las franjas clasistas y de intención revolucionaria, que no marca ni levanta un programa socialista revolucionario, llegar a acuerdos con profesionales de la política, que se sitúan entre gallos y medianoche como representantes del campo popular, solo habla del largo camino todavía a recorrer y a fortalecer.  En todo caso esta “conveniencia”, este suspiro reformista se entiende, en tanto que los sectores más dinámicos y dispuestos hacia la lucha de trabajadores/as, de pobladores/as y de estudiantes no han logrado construir y visualizar todavía, los espacios y vehículos de participación y de representación políticas propias e independientes.  De todas maneras, también entendemos con cierta desazón, que hoy la lucha de ideas es insuficiente frente a algo que solo la lucha de masas remediará.

Hacia la maduración de una estrategia libertaria

El proyecto político de la izquierda libertaria, nuestra vía chilena hacia el socialismo, poco y nada tiene que ver con las disputas o batallas electorales, ni frentes políticos “heterodoxos”, aunque no somos indiferentes.   La concepción táctica-estratégica del socialismo libertario militante se encuadra en dar vida y fuerza a los recipientes de unidad popular que emergen todavía dispersos, a lo largo y ancho del país. Una concepción estratégica de las reales transformaciones que solo se habrán de conquistar a través de la lucha prolongada a todo nivel. Esto implica la integración armónica de la acción directa organizada y del trabajo genuino a nivel masas. Acción directa en una  larga y prolongada lucha capaz de disputar el poder, de señalar un camino de victoria. Su procesamiento debe ser sin prisa, pero sin pausa, las condiciones sociales y políticas de Chile, los contornos y dispositivos políticos de las clases dominantes, sus enclaves autoritarios y políticas sistemáticas de represión por parte de las distintas fuerzas contra el pueblo chileno y el pueblo mapuche, la historia reciente y contemporánea de resistencia de los sectores populares y fuerzas políticas de izquierda, obligan y demandan a las corrientes revolucionarias, y en particular al campo libertario, a dar vida a las organizaciones de defensa y de combate de los trabajadores. Tarea insustituible para conquistar las demandas del periodo, tarea que debe ser articulada y tejida internamente con las tareas propias de la revolución socialista, si se quiere pasar a una nueva etapa de la lucha entre las clases sociales en el país. Para construir y cuidar  los instrumentos de alianza con el resto de la aún dispersa izquierda de intención revolucionaria, el aporte debe darse desde una profunda experiencia a nivel social, elemento que hará gravitar, crecer y multiplicar genuinamente las fuerzas activas de los trabajadores y sectores subalternos.

La unidad orgánica y programática de la izquierda debe estar acompañada de un largo proceso de acumulación de fuerza en un sentido combativo3. La estrategia ahí procesada es resultado de los distintos momentos y etapas de las diversas y parciales luchas de los trabajadores, por tanto meter los pies en el barro significa ante todo, seguir un camino de construcción de un bloque social revolucionario4 que debe pelear durando en un horizonte de lucha de gran alcance, tejiendo la telaraña social fundamental para el cambio social; un gran partido revolucionario, frentes sociales y frentes políticos, como también la impostergable acción directa a todo nivel, empujando así un programa de transformaciones sociales ancladas éstas últimas en el imaginario profundo del socialismo y la libertad, real alternativa política para el pueblo.


1 Nos referimos sobre todo a las movilizaciones sociales que han sucedido en todo el país, Arica, Freirína Aisen, Magallanes etc. A las instancias organizativas de articulación, como el congreso por un nuevo sindicalismo, el congreso social por un proyecto educativo etc.

2 Hablamos en términos gruesos de industrializar el país, nacionalizar el comercio exterior, e instituir los órganos de dualidad de poder (democracia obrera y popular).

3 No puede suceder lo que le pasa al frente de izquierda de los trabajadores –FIT- en la Argentina.  Luego de tres años de constitución del frente (PTS-PO-IS etc.): recién este año el PTS en resolución de congreso exige al resto de las fuerza políticas del FIT ponerse de acuerdo en cómo actuar en conjunto, en el medio obrero y popular, y no ser solo una herramienta electoral. Ver. “Estrategia internacional” N28. Pág. 183

4 Bloque social histórico que expresé una correlación de fuerza positivas para las franjas clasistas, es decir, donde el núcleo hegemónico este dirigido por concepciones de ruptura y de intención revolucionaria,

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Hacia una ruptura democrática con el legado dictatorial: construyamos alternativa política http://www.perspectivadiagonal.org/hacia-una-ruptura-democratica-con-el-legado-dictatorial-construyamos-alternativa-politica/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=hacia-una-ruptura-democratica-con-el-legado-dictatorial-construyamos-alternativa-politica http://www.perspectivadiagonal.org/hacia-una-ruptura-democratica-con-el-legado-dictatorial-construyamos-alternativa-politica/#comments Mon, 30 Sep 2013 23:21:33 +0000 Manu Garcia http://www.perspectivadiagonal.org/?p=611 muro

Como fruto del extremismo de un sistema económico y pol […]]]>
muro

Como fruto del extremismo de un sistema económico y político excluyente, que es incapaz de satisfacer las necesidades básicas de las mayorías porque en vez de repartir la riqueza la concentra, en Chile existe un creciente malestar social que se expresa a través de diversas formas de lucha y de intervención política, que de continuar y ganar en articulación y organicidad podría poner en riesgo la continuidad de dicho modelo hecho a la medida del capital transnacional y de una minoría oligárquica ligada a él.

El empuje democratizador expresado en las protestas populares que se desarrollan de norte a sur del país y que convocan a amplios sectores sociales puede concretarse en una ruptura con el legado pinochetista, que se exprese en una nueva institucionalidad, en una soberanía efectiva sobre los recursos naturales y los sectores estratégicos de la economía, en una legislación laboral que proporcione una mejor correlación de fuerzas para el mundo del trabajo, en un nuevo modelo económico redistributivo y con derechos sociales garantizados, en la repatriación y nacionalización de los fondos de pensiones.

Se trata en todos los casos de transformaciones de amplio alcance que le quitarían piso a la oligarquía, que mejorarían la calidad de vida de las clases populares, que al recomponer tejido social aumentarían sustancialmente las posibilidades de organización y politización populares y que le darían un pie mucho mejor a la lucha por el socialismo.

Los sectores más inteligentes de dicha minoría oligárquica y sus operadores políticos lo saben, por eso están preocupados por las crecientes expectativas populares. Y por eso, como dique frente a ellas, se están planteando una política conciliadora que, sin tocar en lo fundamental sus privilegios, consiga descomprimir la situación y generar un nuevo consenso social y político, bloqueando la formación de una alternativa rupturista que refleje y exprese las necesidades de las grandes mayorías del país.

En esa perspectiva están comprometidos tanto la franja más lúcida de la derecha como el sector más conservador de la Nueva Mayoría que, a la vista de las planillas, es actualmente el mejor posicionado y el que tendrá mayor peso en el parlamento  y en el senado tras las elecciones de noviembre.

¿Qué podemos hacer para romper ese bloqueo?

En el nuevo periodo que se va a desplegar desde noviembre, la estrecha línea entre reformas que estabilicen y garanticen la gobernabilidad y reformas que supongan un piso para avanzar hacia horizontes más ambiciosos no va a estar trazada sólo por el carácter y el calado de dichas reformas, sino sobre todo por la capacidad de las fuerzas políticas que se plantean la superación del modelo para conseguir, más allá de sus diferencias, mayores niveles de unidad de acción, de unidad programática y de unidad orgánica, y, siempre que eso no sea posible (por los distintos marcos de alianzas) de unidad para golpear juntos en torno a temas decisivos.

En ese sentido, es indispensable superar el sectarismo infantil que aqueja a día de hoy a buena parte de la izquierda y que la lleva a considerar como enemigos a todo lo que cae fuera de los estrechos límites del proyecto político propio. O en otras palabras, la incapacidad de pensar objetivamente, sin prejuicios, en amigos, aliados, adversarios y enemigos (es decir, en una amplia gama de grises) en una situación concreta dada, identificando contradicciones principales y secundarias y visualizando en ese marco alianzas estratégicas o tácticas más allá del propio afán de hacer crecer el piño propio a costa del acumulado de los demás. Esa tendencia cainita de la izquierda criolla debemos dejarla de lado si es que queremos ser un actor relevante capaz de operar con efectividad en el nuevo escenario que se abre y no meros comparsas marginales.

En este período, una lectura del escenario político no mediada por prejuicios debe permitirnos ver que existe un abanico de fuerzas políticas y sociales antineoliberales, dentro de las cuales destaca por su peso específico el Partido Comunista, que se han aliado con los restos de la antigua Concertación, aspirando a ser capaces de operar y ganar posiciones dentro de ese espacio y confiando en poder conseguir los cambios presionando desde dentro y desde fuera del gobierno.

Quienes consideramos que la correlación de fuerzas y los intereses creados al interior de ese conglomerado van a ser un freno determinante para que una estrategia de este tipo tenga éxito, debemos ser capaces de trazar, más allá de la crítica moralista, un camino alternativo.

Para ello, es imprescindible que tengamos la generosidad política y la amplitud de miras necesarias para dejar en un segundo plano las ambiciones particulares de cada piño y abocarnos a una tarea colectiva superior: con lealtad hacia nuestros aliados[1], forjar juntos un referente político que sostenga un programa de transformaciones de fondo, que enfatice la necesidad de una ruptura democrática con el actual ordenamiento institucional heredero del pinochetismo y que, además de devenir en un actor con fisionomía y personalidad propia, pueda erigirse como polo de atracción/tensionamiento para quienes, aun siendo enemigos del modelo neoliberal, en este momento se han aliado con sus defensores.

Estamos hablando, como lo hicimos en un artículo anterior[2] de la construcción, en el escenario político nacional y con base territorial, de un polo de agrupación de fuerzas que tenga un carácter amplio y abierto, que respete la pluralidad de sus componentes y que contemple diversas tácticas y formas de lucha. Del cual los libertarios nos hagamos parte con nuestra propia orgánica política, con nuestro énfasis en el poder popular, en la acción directa y la creatividad de las masas, en el socialismo como meta.

No se trata simplemente de unir a los dispersos destacamentos de la izquierda chilena, sino de converger en un movimiento que sea mucho más que la suma de todos ellos, en un espacio acogedor para miles de independientes que, sosteniendo un programa de transformaciones para las mayorías,  consiga superar el  nicho tradicional de la izquierda desde la salida de la dictadura y romper su techo social. Que consiga articular a nuestros acumulados de manera efectiva y superando sectarismos, proyectando a la opinión pública la imagen de un movimiento político y social amplio con capacidad de constituirse en alternativa de poder. Debemos asumir, y hacer pedagogía de ello, que juntos no sumamos, sino que multiplicamos nuestras fuerzas y nuestras capacidades y abrimos el arco de lo posible.

Sin madurar un movimiento de este cariz (que incipientemente se está formando en torno a la campaña “Todxs a la Moneda” pero que requiere de muchas más voces, de mucha más amplitud, organicidad y basificación para trascender la coyuntura electoral) no habrá mayor capacidad de aportar de forma sustancial y sin dispersar baldíamente esfuerzos al ascenso de masas, y sin duda quienes lo capitalizarán serán otros, y no en función de acumular fuerzas para la transformación, sino de castrarlas y reconducirlas hacia una “segunda transición”. De hecho ya lo están haciendo: la capitalización se va a reflejar en los resultados electorales de noviembre y la labor de cooptación probablemente se manifieste en toda su crudeza posteriormente.

Y aunque este artículo proyecta su mirada más allá de noviembre, no quisiera dejar sin hacer un último apunte más coyuntural: no seamos tan ingenuos como para pensar que los resultados electorales serán irrelevantes para el movimiento popular, ni que podremos enfrentar con éxito el nuevo escenario exclusivamente desde la acumulación social: debemos empezar a prepararnos desde ya para lo que se vendrá el 2014, y hacerlo en todos los frentes.


[1] http://www.perspectivadiagonal.org/las-alianzas-en-la-izquierda/

[2] http://www.perspectivadiagonal.org/la-izquierda-libertaria-mas-alla-de-las-elecciones/

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De la soberanía del cuerpo a la soberanía del Pueblo http://www.perspectivadiagonal.org/de-la-soberania-del-cuerpo-a-la-soberania-del-pueblo/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=de-la-soberania-del-cuerpo-a-la-soberania-del-pueblo http://www.perspectivadiagonal.org/de-la-soberania-del-cuerpo-a-la-soberania-del-pueblo/#comments Wed, 25 Sep 2013 14:35:55 +0000 Gema Ortega http://www.perspectivadiagonal.org/?p=604 holi

“Por este motivo afirmamos que el placer es el principi […]]]>
holi

“Por este motivo afirmamos que el placer es el principio y el fin de la vida feliz, porque lo hemos reconocido como un bien primero y congénito, a partir del cual iniciamos cualquier elección o aversión y a él nos referimos al juzgar los bienes según la norma del placer y del dolor”

Epicuro

Un aspecto fundamental del feminismo, ha sido su insistencia en que el cuerpo y la sexualidad constituyen un núcleo nodular en la comprensión de las relaciones entre los sexos y, por lo tanto, una vía privilegiada de ejercicio de la sujeción y dominio por parte de la cultura patriarcal. Desde el feminismo libertario seré aún más drástica y sostendré que la afirmación del cuerpo y la sexualidad es fundamental en la realización de la soberanía, no sólo singular – sino y más primordial aún-, de la soberanía del pueblo en su conjunto.

Haciendo eco a Bataille[1] comprenderé por soberanía la participación colectiva en el tiempo y las formas del gasto del excedente de producción. Cuándo y cómo se realiza este gasto es una decisión política, y como tal es proclive a ser disputada. La soberanía se relaciona, por un lado, con el poder que ejercen las individualidades sobre sus propias vidas a la vez que participan democráticamente en la vida de la comunidad, y por otro lado, con los mecanismos por los cuales desarrollan un sentido de control sobre sus vidas, para actuar eficientemente en el escenario público, tener acceso a los recursos y promover cambios en sus contextos comunes. De esta manera, las luchas sociales y políticas están fuertemente ligadas a la lucha por el control y redistribución del excedente, y no pueden comprender solamente la luchapor el reconocimiento de derechos políticos y de representación como afirman algunos sectores.

El ejercicio de la soberanía va de la mano con la democratización, no podemos hablar de democracia sin acceso y control igualitario a los recursos. Como bien expone Luis Tapia: “Sin embargo, sólo la igualdad socioeconómica crea las condiciones de posibilidad de una igualdad política efectiva. Se hacen posibles una a la otra, aunque no existan como realización plena. Los grados de experiencia vivida conquistados dependen de este condicionamiento mutuo”[2]. Para que esto sea posible, es necesario transferir del abstracto titular de la soberanía, a las y los que la ejercen. El pueblo debeintervenir directamente con su presencia y por su acción: en las calles y en cada espacio de disputa ideológica, por pequeño o grande que éste sea.

Con esto no pretendo negar el debate en torno a la representación, ya se trate de la representación electoral o de una representación simbólica. Las elecciones son una vía posible para transferir la representación del pueblo a los gobernantes, no obstante, este camino se concibe en el marco de un cuerpo político concreto que excluye (e incluso, a veces, aniquila) a todo aquello que se presenta como una amenaza. Las elecciones no agotan la representación, pues existen otras maneras de representación simbólica. Una de las con mayor impacto en nuestro país,ha sido la de intervenir el ejército, llegando a considerar al Pueblo como el pueblo en armas movilizado en defensa de la patria. Otras lógicas de representación simbólica buscan constituirse en portavoces del pueblo, llegando a intervenir físicamente para influir sobre la conciencia de los hombres y mujeres en un contexto determinado. Debemos considerar también el efecto que tiene la opinión pública sobre el ejercicio de la soberanía. Día a día, nos vemos enfrentados a una polisemia de voces, causas y contenidos que nos dificultan la construcción y conquista de nuestro propio sentido.

De este modo, la soberanía opera como un ocuparse de sí en consideración con los otros y sólo es posible en la configuración de una serie de técnicas de reflexión sobre las prácticas cotidianas y de problematización de la vida, de la dignidad y de la libertad en un espacio común. La dignidad política se ve comprometida cuando la lógica privada gana a la dimensión pública y la política pasa a ser constituida a partir de una mirada hacia el Estado como un ente de transferencia de la soberanía. La dignidad política es perdida a partir del momento en que se delega las tareas destinadas al bien común a sus representantes. La esfera pública es el espacio establecido y valorado por la organización social donde los individuos y colectividades se reúnen para deliberar sobre sus propias elecciones haciendo uso del poder político que poseen. La libertad sólo se da en el ámbito político, es decir, sólo se es libre mientras se esté actuando en la vida pública y decidiendo conjuntamente con sus iguales -y en igualdad de condiciones debemos agregar-, los asuntos de la colectividad. En esta perspectiva Hannah Arendt rechaza la idea de la representación, es decir, ella afirma que dejar representarse por otro es lo mismo que abdicar de la propia libertad[3].

El problema de la confrontación, entre distintos sectores, está implícito en la disputa por el control del excedente, de ahí la relevancia de las distintas apuestas estratégicas para su realización efectiva. El camino a la soberanía pasa por la disciplina de levantar organización no jerárquica, ni autoritaria, sino construir una forma de organización basada en la asociación voluntaria que se diferencie de la construcción jurídica —inspirada en el derecho racional individualista— que permita pensar realmente organizaciones políticas y  sociales que no involucren dominación. Asimismo, la sociedad sin dominación ya no necesita ser concebida como un orden instrumental y con ello pre-político, que sería el resultado de contratos, es decir, de acuerdos interesados entre personas privadas orientadas hacia su propio éxito sino el ejercicio digno y soberano de una práctica política.

El pueblo no será digno y soberano mientras no consideremos el ejercicio de la sexualidad como un acto libre de explotación, exclusión y dominación. No existe poder soberano que sea solamente físico. Sin la subordinación psicológica y moral del otro lo único que existe es poder de muerte, y el poder de muerte, por sí solo, no es soberanía. La soberanía es, en su fase más extrema, la de “hacer vivir o dejar morir”[4]. Sin dominio de la vida en cuanto vida, la dominación no puede completarse. Es por esto que una movilización que resulte en exterminio de los oponentes no constituye victoria, porque solamente la estructura de dominación permite la exhibición de la muerte y la violencia ante los destinados a permanecer vivos, como lo ocurrido durante la dictadura. De igual forma, el uso y abuso del cuerpo del otro sin que participe con intención o voluntad, sólo borra su humanidad. La víctima es expropiada del control sobre su cuerpo. Es por eso que podría decirse que todo acto de sometimiento del cuerpo, como la violación y la maternidad forzada es una alegoría de la definición schmittiana de la soberanía[5]. Control irrestricto, voluntad soberana arbitraria y discrecional cuya condición de posibilidad es el aniquilamiento de atribuciones equivalentes en los otros y, sobre todo, la erradicación de lapotencia de éstos como índices de alteridad o subjetividad alternativa

Para el feminismo libertario, la lucha por el derecho al aborto libre gratuito y seguro es una lucha que reivindica para toda mujer la condición humana, fundamentada en la soberanía y la dignidad de su vida, es la afirmación del cuerpo como territorio último de conquista y libertad. Nuestra lucha es, por esto, una búsqueda de soberanía para nosotras, es poder de control, libertad y autonomía que abarca todos los ámbitos de la existencia humana, desde la sexualidad hasta la participación en la esfera política-social.

La obligatoriedad de la maternidad, siempre sacrificial, crea las condiciones para que las mujeres seamos explotadas económica y sexualmente y que la resistencia que pongamos sea menor, sin embargo, este sacrificio es excluyente y es símbolo de la subordinación de la mujer y de las estrategias para mantenerla en esta posición. El control de la reproducción femenina permite un control sexual-estructural que posibilita la existencia de los patriarcados capitalistas situando el cuerpo-mujer vaciado de su contenido humano, permitiendo articular los mecanismos económicos, políticos y sexuales de dominación. Apuntar esta realidad nos hace peligrosas, amenazadoras, incómodas. Incluso incómodas a muchos sectores de izquierda que sólo ven el ejercicio de la soberanía en el control de los recursos y la disputa por la representación. Señalamos el placer y el cuerpo como territorio de control, he aquí nuestra mayor estrategia de construcción.

La relación con el propio cuerpo depende del nivel de comprensión que tengamos de éste, en el contexto que le es “natural” su comprensión y comunicación con todas las otras cosas que comparten esta naturaleza material, física pero también afectiva y sintiente que genera sentido. El cuerpo es el arma de la singularidad libre, su ejercicio habitual de soberanía.  Si algo hace soberano a una singularidad es el cuidado que ésta otorga a su vida, a su dignidad y soberanía; cuidarse es orientar la sensibilidad para que ésta enlace, su corporeidad, las señales de los sentidos, y su relación con las cosas en una existencia tan placentera como sea posible. La relación con el propio cuerpo depende del nivel de comprensión que tengamos de éste, en el contexto que le es “natural” su comprensión y comunicación con todas las otras cosas que comparten esta naturaleza material. ,

El cuerpo es el arma de la singularidad libre, su ejercicio habitual de soberanía, si algo hace soberano a una individualidad, es la calidad del cuidado que se brinde y el programa de vida con el que acompaña su saber sobre la naturaleza y la cultura; cuidarse es orientar la sensibilidad para que ésta enlace, su corporeidad, las señales de los sentidos, y su relación con las cosas y lo que de ello se derive, en virtud de una existencia tan serena y placentera como sea posible. Negarse a la maternidad obligatoria tanto como a las exigencias de sometimiento sexual, nos hace dignas, construir una sociedad que permita el control real del cuerpo y la sexualidad transforma al pueblo en Pueblo digno y soberano.


[1]Bataille, G. (1996). Lo que entiendo por soberanía. UniversitatAutònoma de Barcelona.

[2]Tapia, L. (2008). Política salvaje. La Paz: CLACSO, Muela del Diablo, Comunas. Pág. 29

[3]Arendt, H. (1996). Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política. Península.

[4]Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Fondo De Cultura Económica

[5]Schmitt, C. (2001). Teología política I. Cuatro capítulos sobre la teoría de la soberanía. Carl Schmitt, teólogo de la política, 19-62.

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Las alianzas en la Izquierda http://www.perspectivadiagonal.org/las-alianzas-en-la-izquierda/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=las-alianzas-en-la-izquierda http://www.perspectivadiagonal.org/las-alianzas-en-la-izquierda/#comments Mon, 23 Sep 2013 00:18:23 +0000 Diego Ramirez http://www.perspectivadiagonal.org/?p=598 alianzas

El tema de las alianzas en política es algo peliagudo, […]]]>
alianzas

El tema de las alianzas en política es algo peliagudo, pero siempre es bueno darle una vuelta para reflexionar en una arista que en nuestro presente se va volviendo cada día más importante. En el caso de Chile las alianzas toman una importancia central para el actuar revolucionario al ser la Izquierda de Intención Revolucionaria un sector muy disperso, caracterizado por tener en general graves debilidades orgánicas y políticas, características que han impedido la hegemonía de algún grupo sobre el resto. No existe ninguna organización que pueda por sí sola llevar adelante ningún proceso verdaderamente importante de reflexión ni acción política de masas, y en muchos casos ni siquiera algo tan básico como ir a una elección de centros de estudiantes o federación. Las alianzas, del carácter que sean, están a la orden del día. Situación general que se ve agravada si comparamos las diferentes orgánicas con la del Partido Comunista. Entendiendo entonces la dificultad de que exista hegemonía de un partido o grupo sobre todos los demás, y retomando el ya trabajado concepto de “vanguardia compartida”[1], creo necesario enfrentar lo ya mencionado más arriba, en Chile nadie puede hacer la revolución solo, pero para poder trabajar unidos se hace necesario superar de una vez por todas la enfermedad del sectarismo que aqueja ferozmente a todos los sectores de la izquierda.

Una alianza bien hecha permite sumar fuerzas, multiplicar esfuerzos, compartir experiencia, llegar a lugares donde no se había llegado, enriquecer discusiones y avanzar orgánica y políticamente. La visión de un partido de vanguardia exclusivo que monopolizaba la verdad y la corrección de línea ha quedado atrás, la nueva alternativa debe ser variada. Pero para poder trabajar unidos se tiene que trabajar de manera honesta con los demás, siendo transparentes políticamente, y no se debe ver una alianza, sea táctica o estratégica como algo meramente instrumental para que “cada uno lleve agua a su molino”. Hoy en día es muy común, que cuando se piensa en una alianza con otros grupos de izquierda, más que una imagen de un trabajo conjunto se piensa en una guerra de posiciones eterna en la que cada uno usará todos los medios disponibles para lograr el mayor provecho inmediato para su orgánica o su persona. Estas actitudes solamente producen el desgaste y la odiosidad entre personas y militantes que deberían poder trabajar juntas a pesar de sus diferencias.

En el caso de los libertarios de Santiago, hace varios años que se tomó la acertada decisión de llevar adelante alianzas amplias junto a la Izquierda de Intención Revolucionaria, con las que poder llevar adelante el trabajo estudiantil. Estos trabajos conjuntos han permitido ir superando, poco a poco y a costa de mucho trabajo, la eterna desconfianza que campeaba en el sector, fortaleciendo no solamente a las orgánicas ya establecidas, sino además permitiendo el trabajo de muchísimos compañeros de izquierda que no responden a ninguna dirección orgánica. Estos trabajos han sido muy variados, y si bien han incluido el tema de las elecciones a los distintos organismos de masas de los estudiantes, bajo ningún concepto se han limitado a aquello. Las alianzas, en estos casos, han ido mucho más allá de un pacto electoral, y creo que han permitido generar las pequeñas experiencias de proto frentes de izquierda para muchos militantes estudiantiles. La riqueza de esas experiencias ha sido justamente la variedad de su accionar en el día a día, lo que ha permitido ir integrando a compañeros con inquietudes diferentes dentro de marcos políticos generales compartidos. Pero debemos ser cuidadosos, en toda experiencia de alianza amplia, aunque sea solamente de Izquierda de Intención Revolucionaria, habrá grupos políticos que sean más grandes que otros, a pesar de que no exista una hegemonía total de ninguno. No se puede caer en la tentación de que sean exclusivamente ese o esos grupos políticos los que definan las líneas políticas de trabajo para el conjunto de la alianza, para los grupos menores, los colectivos locales, o para los independientes.  Una nefasta experiencia de sectarismo, que dilapidó enormes potencialidades de trabajo conjunto, la podemos ver en el segundo plenario del Movimiento Sindical de Base, en el cual los militantes sindicales del PRT hicieron valer su número por sobre la discusión política,  impidieron la participación de otros grupos en la mesa nacional del organismo:

 “…había 4 grupos que habían quedado fuera de la mesa sindical, de la mesa nacional del MSB, y estos compañeros plantean “bueno, nosotros pedimos que no saquen  a nadie de la mesa pero que la amplíen a 16” y que ese 16 fuera uno que representara a esos 4 grupos que habían quedado afuera. Bueno, en la mesa había 12 del PRT y 3 que no eran del PRT. Hay una votación si se amplía la mesa a 16. Obviamente, si había 5.000 personas (y para) 4500 la orden es votar que no, vota que no. Santucho, que estaba en Tucumán, cuando viene se quería morir. Dice “al revés, 3 nuestros y 12 de los aliados. Lo que importa es la política sindical del PRT, no el PRT, los que tienen esta misma política y no son del PRT tienen que estar acá”. En eso Santucho tenía claro, pero viste, lo del sectarismo es, y de hecho, esto lo que hizo le restó gran posibilidad al Movimiento Sindical de Base, eso lo sectarizó, porque después la mesa sindical nacional del MSB era una reunión del PRT.[2]

Como vemos en este ejemplo, una actitud a todas luces equivocada, mermó el potencial de una alianza izquierdista en el sector sindical en la Argentina de los años 70. Pero así como esos militantes sindicales del PRT, estaban convencidos del derecho que tenían de ser hegemónicos y de lo conveniente que era aquello, hoy en día puede suceder que compañeros de distintas organizaciones de izquierda, incluyendo por cierto a las libertarias, crean también lo mismo, y actúen en consecuencia. Si bien en las alianzas amplias no es la única instancia en las que estas actitudes suceden, si son una en la que el riesgo de esto es mayor. La tentación de la hegemonía puede llevarnos muchas veces a pasar por arriba de todos los marcos de comportamiento que reconocemos como guía en la izquierda, y de todos los valores de los que nos creemos poseedores. No sirve de nada tener el discurso más purista, más izquierdista, o más “serio” si nuestras acciones con nuestros compañeros son completamente opuestas a nuestro discurso, y esto es válido tanto para las actitudes que se dan a la interna como hacia afuera, porque también es perfectamente posible hacer una cosa hacia la organización de cada uno, y ser el más sucio en el trato con los compañeros de otras organizaciones. Por lo mismo es que es necesario fortalecer nuestras conductas en las alianzas que llevamos a cabo, respetar el espacio y el lugar de cada organización, entendiendo que las discusiones se deben dar con respeto pero también aceptando la responsabilidad que conlleva estar en una alianza, u organización, con personas diferentes. En el caso de una alianza es importante, por ejemplo, no destruir el potencial de estas en pos de la hegemonía en una negociación electoral, sea del cariz que sea, de centro de estudiantes, de federación, sindical o presidencial.

Sin lugar a dudas la izquierda ha avanzado el último tiempo en Chile, continuemos en esta senda, cada día más fuertes, cada día más grandes, cada día más luchadores y cada día más unidos.


[1] “La democracia de masas, una apuesta libertaria para el actual período”, Martín Álvarez, Diego Ramírez, página 18, www.cel-arg.org

[2] Testimonio de Daniel De Santis, citado en “Teoría y práctica del Poder Popular: los casos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria  (MIR, Chile, 1970-1973) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT – ERP, Argentina, 1973 – 1976)”, Sebastián Leiva, página 205.

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Recuperando una vieja tradición

A mi juicio, el anarquismo siempre se ha destacado por su flexibilidad táctica y su laxitud ideológica. No es para sorprenderse, encontrar que el anarquismo tuvo una inserción inicial mucho más potente que el marxismo, en sectores como el pequeño artesanado, algunos profesionales liberales y sobre todo, el campesinado. En síntesis, en una gran parte de los estratos medios que componían las sociedades capitalistas convulsionadas del siglo XIX.

Difícilmente se puede decir lo mismo del marxismo. La ferviente sobre-ideologización que sufrió –y sufre actualmente– las vertientes más ortodoxas del marxismo, siempre despreciaron las tentativas de la izquierda libertaria para tejer alianzas entre los trabajadores industriales, y otros estratos medios. Es conocida la denuncia de los bolcheviques al ejército negro de Mahkno, que continuamente acusaban como “compuesto por campesinos de medianas propiedades”.[1]

Sin embargo, tengo la sensación de que el anarquismo actual tiene dificultades para identificar cuáles son los estratos medios que se han desarrollado al alero de la “revolución neoliberal” en nuestra región, por un lado, y trazar líneas programáticas y estratégicas que sean coherentes con ese análisis, por otro.

Quizás parte de esto puede ser atribuido al influjo ideológico proveniente del marxismo más ortodoxo, tan presente en algunos plataformistas de nuestro sector. La tarea de este texto, pues, es aportar un granito de arena a la recuperación de las amplias alianzas sociales, que deben caracterizar a un anarquismo con vocación de triunfo –y no meramente de resistencia–.

Una definición escurridiza

Lo complejo de hablar de “estratos medios”, es la dificultad con que se puede construir esa categoría. Hablar de “estrato medio” como aquellos individuos que se ubican en “la mitad” de los tramos de la distribución del ingreso, poco y nada de sentido político tiene. Sin embargo, combinar una segregación por ingresos con una distribución ocupacional, parece un punto de partida adecuado para reconocer la importancia numérica de los estratos medios en Chile.

El ejercicio anterior implica, necesariamente, tratar de eludir las categorías y definiciones marxistas de clase, tan populares entre algunos compañeros, debido a que no logran capturar en su totalidad de las complejidades y sutilezas que tiene la estructura de clases en nuestra América Latina.

En ese sentido, conviene comenzar con la “pequeña burguesía”, o la figura del microempresario. En Chile existen alrededor de 200.000 microempresarios, es decir, 200.000 personas que trabajan solas o hasta con 5 empleados (negocios familiares). La pequeña burguesía, emplea alrededor de un millón de personas ella sola, es decir, más del 10% de la fuerza laboral Chilena. Cabe destacar que alrededor de un tercio de estos microempresarios trabajan como minoristas, es decir, como pequeños comerciantes.

Otra figura recurrente, en la evocación de los estratos medios, son los profesionales. En nuestra región, alrededor del 12% de la fuerza de trabajo está compuesta por profesionales, lo que es un aumento significativo respecto de las  décadas anteriores.[2] El aumento exponencial que ha experimentado este segmento de la población, explicado fundamentalmente por la masificación de la educación superior desde la década de los 80, ha generado un fenómeno característico de nuestra región: la presión a la baja de los salarios de aquellos profesionales que entran con títulos que poco o nada valen para el mercado.

En este sentido, es posible ver a los profesionales como parte de unos estratos medios empobrecidos en términos económicos, y disminuidos socialmente en términos de status. Muchos de sus hijos son los protagonistas de las movilizaciones del 2011.

La ultima acotación que debe hacerse, es la manera un poco dicotómica en la cual se pueden presentar los estratos medios y el campo popular en este trabajo.  El campo popular, expresado en la triada trabajadores-pobladores-estudiantes, se diferencia claramente de los estratos medios, de composición microempresarios-profesionales. Si bien reconocemos que situar al estudiantado dentro del campo popular puede ser problemático, debido a que son un sector eminentemente poli clasista, la propuesta política subyacente a esta tipificación es diferenciar explícitamente a los trabajadores de los profesionales y la pequeña burguesía.

La importancia política de los estratos medios

Los estratos medios son un actor fundamental del escenario político. Su disconformidad con el proyecto político del bloque en el poder, históricamente hablando, ha sido un soporte importante que tiende a dotar al campo popular de un piso social más amplio sobre el cual se pueden desarrollar la acción directa de las masas. Incluso, en algunos momentos, han sido los protagonistas de determinadas movilizaciones sociales, que han logrado más de alguna vez tensionar seriamente al bloque en el poder.

Es más, no han sido pocos los intelectuales de nuestra región, los que han propuesto que las movilizaciones estudiantiles del 2011 son la expresión de las expectativas frustradas de “la clase media”[3]. Y conjuntamente con lo anterior, ven a un conjunto de movilizaciones sociales en nuestro país –la protección medioambiental, el desarrollo regional, una mejor planificación urbana- como reivindicaciones que son características de un país donde una amplia clase media está siendo excluida de los beneficios del desarrollo económico.

Más allá de las problemático que puede ser caracterizar las movilizaciones actuales de nuestro país, como un fenómeno eminentemente perteneciente a los estratos medios, la izquierda libertaria ha reconocido el carácter poli clasista del movimiento estudiantil. Pero a pesar de este reconocimiento, las discusiones actuales centradas en la construcción de los ejes programáticos que necesitan las masas, difícilmente incorporan reivindicaciones que puedan acercarnos políticamente a los estratos medios.

La situación de la izquierda libertaria, contraste fuertemente con la posición actual de la Concertación respecto de las clases medias. En este sentido, es como uno de sus principales ideólogos, Ricardo Lagos, diagnostica que el principal problema de nuestro país es la desigual distribución del ingreso y del poder político[4]. Solucionar ese problema, según Lagos, pasa por la incorporación al proyecto político de la Concertación, de algunas de las temáticas principales que aquejan actualmente a los estratos medios.[5]

Estratos medios y ruptura democrática

La pregunta ineludible, es, entonces, como la construcción de un proyecto político libertario puede incorporar, tanto estratégica como programáticamente, a los estratos medios. La apuesta actual de una gran parte de la izquierda libertaria, se centra en la idea de una “ruptura democrática”. Una de las condiciones necesarias –aunque no suficiente- para que se produzca esta ruptura, es que la acción directa de las masas produzca “…una situación de ingobernabilidad económica y política que permita […]  generar una situación interna proclive al desborde de la vocación de poder popular constituyente […], abriendo de esta forma una nueva etapa en la lucha de clases en nuestro país”[6].

El problema reside, justamente, en analizar la cultura política y los mecanismos de los cuales los estratos medios se apropian para expresarse políticamente. Si bien, como señale en un párrafo anterior, las clases medias pueden ser un elemento dinamizador de movilizaciones sociales, esto se da en situaciones extraordinarias. Los estratos medios rara vez actúan como un grupo de presión –similar a los trabajadores o estudiantes- que pueda generar un estado de ingobernabilidad como lo pretenden la gente de Red Libertaria. Si los elementos más avanzados del campo popular son los que han roto el consenso activo del régimen neoliberal, los estratos medios aún se encuentran sumidos en un (incomodo) consenso pasivo frente al mismo.

Independientemente de la frustración y descontento han acumulado con el paso de los años, no ven a nuestro proyecto político como una alternativa atractiva. Y, como ha señalado correctamente un compañero, el grueso de la población “…continúa viendo al Estado como una instancia a la que se apela por una solución al problema, un mediador en los conflictos […].”[7]

La tarea de los anarquistas, entonces, reside en formular una estrategia política que tome en consideración la utilidad política del consenso pasivo de los estratos medios, como un elemento necesario para la consolidación de una ruptura democrática. Y la consolidación de un periodo movilizador que desemboque en un estado de ingobernabilidad, necesariamente requiere la ruptura de su consenso político frente al modelo económico y político de la clase dominante, y su participación como elemento dinamizador,  en la construcción de un consenso que enfatice no solo reformar el modelo existente, si no que transformarlo –incorporándooslos a nuestro discurso e imaginario político– radicalmente.

La tarea no es sencilla. Si bien los anarquistas han podido insertarse en las distintas expresiones orgánicas del campo popular, en desmedro de los partidos afines a la concertación y al gremialismo, atenuando los instrumentos de cooptación y clientelizacion del campo popular, lo mismo no sucede con los estratos medios. Un vasto despliegue administrativo y asistencialista, que va desde proyectos CORFO hasta subsidios para la adquisición de una vivienda[8], dificultan la penetración de nuestro sector.

Sin embargo, el conjunto de las políticas anteriormente descritas, no han logrado generar un colchón lo suficientemente grande como para dar abasto a todos los problemas que aquejan a los estratos medios. Sea por que están fuera del intervalo de ingresos para considerarse “clase media”, sea por que poseen títulos universitarios (devaluados), o porque simplemente los recursos fiscales están focalizados en resolver las problemáticas del campo popular, la mayoría de las veces los estratos medios deben ingeniárselas solos para resolver sus deficiencias.

La urgencia de nuestra tarea pendiente

La discusión de como incorporar a los estratos medios a nuestra estrategia y programa, es una tarea colosal que involucra al conjunto de la izquierda libertaria. Sin embargo, el presente artículo se atreverá a esbozar algunos ejes fundamentales que debe incorporar un programa para el periodo actual.

La protección a los derechos del consumidor –y del consumidor financiero, específicamente– es un problema que aqueja de manera significativa a los estratos medios. La repactacion unilateral de los servicios financieros que entrega el sector del bancario y del retail, que contribuye a extraer por vías financiaras el poco ingreso que tiene la mayoría de la población de nuestro país, debe ser un elemento central de las reivindicaciones del periodo actual.

En este sentido, este eje cobra coherencia política significativa con el resto de los análisis de la izquierda libertaria, cuando sabemos –como el mismo retail lo declara–, que la fuente de la mayor parte de las utilidades de las empresas del sector vienen asociadas a la entrega de servicios financieros. La protección del conjunto de la población, frente a los abusos del capital transnacional, puede contribuir a golpear al capital financiero nacional y transnacional, tanto desde el fortalecimiento de la organización de los trabajadores del sector, como de poner límites a los mecanismos de acumulación financiera que se ejercen sobre los consumidores.

La manera en que podemos ponerle trabas a este mecanismo, pueden oscilar desde presionar por una legislación más dura –la salida socialdemócrata–, pasando por el aumento de la competencia del sector –la salida neoliberal–, hasta la modificación del marco institucional y nuestros sistema de incentivos, para fomentar la creación de un sistema financiero basado en cooperativas de ahorro y empresas autogestinadas –la salida de Proudhon y los anarcosindicalistas–[9].

Por otro lado, es imprescindible pensar en políticas concretas para proteger a la pequeña burguesía frente al gran capital. En este punto es fácil toparse con la crítica de varios marxistas ortodoxos, de que es absurdo proteger al pequeño capital frente al gran capital, bien sea por que las tendencias propias del capitalismo, hacen que cualquiera que piense que la concentración del capital en unidades gigantescas no es una tendencia inevitable, un infantil pequeñoburgués, o bien sea por que esto nos sitúa en una posición incómoda políticamente frente a los trabajadores de las microempresas, que son, mal que mal, varios cientos de miles de los trabajadores más precarizados de nuestra región.

Más allá de la absurda fraseología religiosa marxitoide, cualquiera que sepa algo de economía reconoce que las tendencias de centralización del capital son específicas a cada sector industrial. Y como nadie hablo de proteger a una supuesta pequeña empresa, por ejemplo, en el sector minero -dado que las características del sector no permiten que existan-, es innegable que existen un número importante de sectores, ejemplificado en el pequeño comercio, donde la pequeña burguesía existe y seguirá existiendo, debido a que las tendencias a la concentración no son tan potentes en dichos sectores.

Por lo demás, no existe una dicotomía entre proteger a la pequeña empresa frente al capital transanacional, y en avanzar hacia una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores del sector. Es más, es fácilmente demostrable que proteger a las pequeñas empresas frente al capital transnacional redundara en distribuir estos ingresos retenidos  entre trabajadores y pequeños empresarios.

Sin embargo, más allá de una protección mediante una regulación más intensa, que, como señalamos más arriba, es la típica salida socialdemócrata, es necesario preguntarse cómo podemos volver una posibilidad real la creación de  pequeñas unidades productivas que sean administradas bajo una lógica distinta a los criterios actuales. En este sentido, es necesario superar las trabas institucionales que se impusieron durante la dictadura a la formación de cooperativas. La gradual transición de la pequeña empresa, a la cooperativa autogestinada, debe ser parte esencial de cualquier programa anarquista.[10]

Una palabra final

A modo de cierre, existen muchos elementos programáticos que pueden –y deben– ser incorporados en nuestras discusiones. Sin embargo, mas allá de las reivindicaciones que se puedan incluir, la tarea más ardua consiste en:

1)      Detectar cuáles son las que permiten un mayor nivel de acumulación política y social

2)      Determinar los vínculos entre la reivindicaciones concretas, y nuestras líneas estratégicas.

Me parece que el primer punto, que ha sido brevemente esbozado en esta columna, es lo menos desafiante de nuestra tarea. Lo más complejo para los anarquistas, debe ser la correspondencia estrecha entre programa y estrategia. La elaboración del rol que cumplen los estratos medios en el actual ciclo de movilizaciones sociales y luchas políticas, así como su rol preciso dentro de la ruptura democrática, es la tarea que tenemos pendiente para poder avanzar hacia la libertad y el socialismo.


[1] En http://www.nestormakhno.info/spanish/movimiento-makhno.htm, Frank Mintz hace un recuento de la composición social del Ejercito de Mahkno, dando cuenta que, efectivamente, alrededor del 50% de su ejército estaba compuesto por campesinos de mediana propiedad, o ricos pero sin tierra.

[2] http://www2.facso.uchile.cl/sociologia/1060225/docs/clase_media_ex.pdf, para ver una caracterización interesante de los estratos medios. Distintas metodologías están utilizadas en este estudio.

[3] “¿Por qué no me quieren? Del PIÑERA way a la rebelión de los estudiantes” Eugenio Tironi, Ed. Uqbar

[4] El Chile que se viene. Ideas, miradas, perspectivas y sueños para el 2030”. Ricardo Lagos. Editorial Catalonia. Pags 17-25

[5]El Chile que se viene. Ideas,…”, Índice. La lista es bastante exhaustiva. Vincular las ideas propuestas por los tecnócratas de la concertación, a las movilizaciones sociales de los últimos 5 años, es una tarea pendiente.

[6] http://www.elciudadano.cl/2013/07/01/72475/declaracion-publica-de-la-red-libertaria/

[7] “La democracia de masas: una apuesta libertaria para el actual período”, Martín Álvarez y Diego Ramírez. En http://cel-arg.org/blog/2013/08/02/la-democracia-de-masas-una-apuesta-libertaria-para-el-actual-periodo/

[8] Un ejemplo de este tipo de políticas gubernamentales, se puede encontrar en la página del Ministerio de vivienda y urbanismo: http://www.minvu.cl/opensite_20110608104702.aspx

[9] Existe toda una literatura sobre las microfinanzas, que los anarquistas podrían explotar. La otorgación de pequeños créditos a trabajadores informales para que crear pequeñas empresas, ha sido una salida a la pobreza interesante para muchos países subdesarrollados.

[10] Para recapitular, la idea es pasar de la protección gremial-corporativa, a impulsar la transformación del sector a largo plazo.

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